La primera capa de ese colchón es la seguridad del combustible. China es el mayor productor mundial de carbón, con una producción cercana a cinco veces la de India, el segundo productor. Aun así, no es autosuficiente en energía fósil: es importador neto de combustibles fósiles y en 2022 importó alrededor del 7 % de su suministro de carbón.
Esa combinación —gran producción nacional, pero no aislamiento total— ayuda a entender el papel del carbón en su sistema eléctrico. No es lo mismo depender profundamente del gas importado, o de mercados donde el gas marca con más fuerza el precio marginal de la electricidad, que contar con una gran base de generación alimentada por carbón doméstico. La IEA recordó que la recuperación posterior a la pandemia coincidió con precios récord de la energía: el encarecimiento del gas natural y del carbón elevó los costes de generación eléctrica y alimentó la inflación.
En ese contexto, el sistema chino no quedó fuera de la tormenta, pero sí pudo amortiguar parte de la transmisión directa de los precios internacionales del gas hacia los costes industriales.
La segunda capa es la capacidad de las centrales de carbón para producir cuando el sistema lo necesita. A diferencia de fuentes variables o de una hidroelectricidad afectada por sequías, el carbón puede entrar como respaldo en picos de demanda o momentos de tensión de la red.
Eso se vio en 2023: la IEA indica que las sequías en India y China redujeron la generación hidroeléctrica, lo que elevó la generación con carbón y compensó con creces la caída del carbón en Estados Unidos y la Unión Europea.
Para la manufactura, la resiliencia energética no significa solo electricidad barata. Significa continuidad operativa. El sector industrial chino representa alrededor de dos tercios del consumo energético del país; en 2019, la manufactura concentró cerca del 55 % del consumo energético nacional y el 59,6 % de la energía usada por ese sector procedía del carbón. En industrias intensivas en energía o de producción continua, una interrupción eléctrica puede convertirse rápidamente en retrasos, costes adicionales y pérdida de fiabilidad ante clientes internacionales.
El contraste con Europa ayuda a ver por qué la estructura china ofreció una ventaja relativa. La crisis energética de 2021–2022 perturbó de forma severa los mercados energéticos globales y europeos; en la Unión Europea, el encarecimiento del gas elevó los precios mayoristas de la electricidad.
En 2023, los precios europeos ya habían bajado desde los máximos de 2022, pero no habían vuelto sin más a la normalidad anterior. El índice europeo de referencia de la electricidad promedió 95 €/MWh en 2023, un 57 % menos que el máximo histórico de 2022. Sin embargo, la bajada mayorista no se trasladó por completo al consumidor final: los precios de la energía para hogares y empresas seguían por encima de los niveles previos a 2021, y los precios industriales del gas y la electricidad, aunque inferiores a los picos de la crisis, todavía eran 2–4 veces más altos que los de los principales socios comerciales de la UE.
El Jacques Delors Centre también observó que en 2023 se amplió de forma significativa la brecha de costes eléctricos para grandes empresas industriales entre la UE, por un lado, y Estados Unidos y China, por otro; esa diferencia solo fue contenida parcialmente por mecanismos de apoyo a los precios.
La conclusión no es que todos los productos industriales chinos fueran automáticamente más baratos. La ventaja fue más concreta: menor volatilidad relativa en los costes eléctricos y más capacidad para sostener calendarios de producción cuando otras regiones enfrentaban facturas energéticas más difíciles de absorber.
La comparación con Japón y Corea del Sur exige prudencia. Con la información disponible, no se puede afirmar que la electricidad industrial china haya sido siempre más barata en todos los sectores y periodos. Lo que sí está claro es que China dispone de una escala de carbón nacional que Tokio y Seúl no pueden replicar fácilmente.
Japón sintió con claridad el golpe de los combustibles importados. En 2022, el precio CIF del carbón spot en Japón promedió 225 dólares por tonelada, un 45 % más que en 2021. Corea del Sur, por su parte, afronta el equilibrio entre transición del carbón y suministro eléctrico fiable y asequible: según la OCDE, su generación con carbón bajó de 240 TWh en 2018, el 42 % de la matriz eléctrica, a 200 TWh en 2021, el 34 %.
Por eso, la resiliencia china frente a Japón y Corea del Sur debe entenderse menos como una ventaja universal de precio y más como un colchón de seguridad de combustible. Cuando suben los precios internacionales del gas natural licuado y del carbón importado, una cadena doméstica carbón-electricidad puede ralentizar y suavizar parte del golpe sobre las fábricas.
Esta resiliencia no fue gratuita ni perfecta. China también ha sufrido tensiones de suministro. En 2021, la producción de carbón no logró seguir el ritmo de la demanda y, junto con problemas de cadena de suministro y condiciones meteorológicas adversas, se produjeron cortes de electricidad y fábricas paradas.
Además, el carbón no estuvo protegido de la inflación global de materias primas. En 2022, el precio europeo del carbón promedió 294 dólares por tonelada y el precio CIF japonés 225 dólares por tonelada, aumentos del 145 % y el 45 % frente a 2021, respectivamente.
El coste climático es todavía más estructural. La IEA señala que la demanda mundial de carbón siguió creciendo en 2023, con el mayor aumento en China, y que el mayor uso del carbón, sobre todo para electricidad, ha explicado casi todo el incremento de las emisiones globales de CO₂ desde 2019. Climate Action Tracker también identifica la dependencia china de los combustibles fósiles, especialmente del carbón, como un factor importante para las emisiones globales.
Al mismo tiempo, China está ampliando con rapidez su generación baja en carbono. Ember estima que en 2024 el 38 % de la electricidad china procedió de fuentes bajas en carbono; la eólica y la solar sumaron el 18 %, y China aportó más de la mitad del aumento mundial de generación eólica y solar.
El carbón funcionó para la manufactura china como un amortiguador de costes y un seguro de suministro durante la crisis energética. Su gran base de carbón nacional y sus centrales despachables redujeron la exposición directa a los precios internacionales del gas y a subidas eléctricas como las europeas.
Frente a Europa, la ventaja principal fue estar menos arrastrada por el gas caro. Frente a Japón y Corea del Sur, fue contar con un margen de seguridad de combustible más amplio. Pero la volatilidad del carbón, los riesgos de coordinación eléctrica y la presión por emisiones limitan esa ventaja.
El carbón ayudó a China a absorber una parte del choque energético. La siguiente prueba será si puede reproducir esa estabilidad con electricidad baja en carbono, una red más flexible y más capacidad de almacenamiento, sin depender indefinidamente del propio carbón.