Los datos que capturaba eran muy detallados: trayectorias de movimiento del ratón, ubicaciones de los clics, secuencias de pulsaciones y capturas de pantalla periódicas, todo ello para enseñar a los modelos de IA cómo navegan los humanos por las interfaces de software . Meta insistió en que el programa no trataba de medir la productividad ni evaluar el rendimiento individual, sino de construir agentes de IA capaces de ejecutar tareas digitales cotidianas
.
Cuando se anunció la herramienta, la principal pregunta dentro de la empresa fue cómo rechazar la participación. La respuesta del CTO Andrew Bosworth fue inequívoca: "No hay opción de excluirse de esto en el portátil proporcionado por la empresa". La respuesta, publicada en un hilo interno, fue recibida con una avalancha de reacciones con emojis de llanto, sorpresa y enfado por parte de los empleados .
El descontento tomó rápidamente múltiples formas:
Documentos internos revisados por Reuters mostraron que el alcance de MCI era más amplio de lo que sugerían las declaraciones públicas de Meta. En unas preguntas frecuentes internas, la empresa reconoció que si un empleado en EE. UU. con la herramienta habilitada intercambiaba correos electrónicos o mensajes de chat con un colega fuera de EE. UU. —incluso en la UE—, toda esa conversación era capturada . Debido a que Meta disociaba los datos de las identidades de los empleados, la compañía declaró que no podía buscar ni eliminar individualmente los registros, un conflicto directo con los derechos del RGPD en materia de acceso, rectificación y supresión
.
Los defensores de la privacidad advirtieron que esto podría violar el principio de limitación de la finalidad del RGPD. Kleanthi Sardeli, experta legal del grupo de defensa con sede en Viena NOYB, declaró a Reuters que "tomar el chat de un empleado e ingerirlo en un modelo de IA es incompatible con el propósito inicial de la comunicación laboral" .
La postura de seguridad de los datos recopilados añadió otra capa de preocupación. Los informes indicaron que los datos de MCI se almacenaban en un formato sin cifrar y se integraban directamente con el software de seguridad de datos existente de Meta, lo que generó temores sobre una posible exposición o uso indebido si los datos alguna vez fueran accedidos por partes no autorizadas . Los empleados también se quejaron de un notable aumento en el tráfico de datos en sus máquinas mientras la herramienta estaba en funcionamiento
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La sostenida presión interna produjo un cambio, aunque limitado. El 2 de junio de 2026, un memorando de Stephane Kasriel, vicepresidente de la unidad Superintelligence Labs de Meta, anunció que la compañía estaba reduciendo el programa en respuesta a las preocupaciones del personal .
Las concesiones concretas fueron:
De manera crítica, la empresa no revirtió la política de no exclusión voluntaria. La exención total de MCI seguía sin estar disponible para los empleados que usaban dispositivos proporcionados por la compañía .
El despliegue de la vigilancia no ocurrió en el vacío. Aterrizó dentro de una empresa que estaba experimentando la mayor reestructuración de su fuerza laboral impulsada por la IA de su historia:
Para muchos dentro de Meta, la secuencia parecía distópica: se exigía a los trabajadores que generaran los propios datos de entrenamiento que enseñarían a los agentes de IA a realizar sus trabajos, incluso cuando miles de sus colegas estaban siendo despedidos. La narrativa interna —que los empleados estaban siendo obligados a entrenar a sus propios reemplazos— fue capturada sin rodeos por la cobertura de TechTimes y otros medios que siguieron la controversia .
La saga MCI se convirtió en un caso de estudio sobre cómo la carrera por construir agentes de IA autónomos puede colisionar con las relaciones laborales y las leyes de privacidad, obligando incluso a las mayores empresas tecnológicas a hacer concesiones —pero aún no a dar marcha atrás por completo.
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