La consistencia de este mensaje, emparejada con el punto de activación específico de 160, le indica a los mercados que Tokio considera esta línea como una defensa creíble.
El 29 de mayo de 2026, el Ministerio de Finanzas de Japón confirmó lo que los operadores ya sospechaban: las autoridades habían gastado ¥11.734,9 mil millones —aproximadamente entre 73.500 y 73.700 millones de dólares— en intervenciones de compra de yenes entre el 28 de abril y el 27 de mayo . Se trató de la primera intervención directa de Japón en el mercado de divisas desde 2024 y superó con creces el récord mensual anterior de ¥9.788,5 mil millones, establecido en la primavera de ese mismo año
.
La operación no fue un solo golpe, sino una serie de maniobras. Los reportes indican que la acción más significativa ocurrió la noche del 30 de abril, cuando el dólar se desplomó desde alrededor de 160 yenes hasta cerca de 155 tras la advertencia de Katayama . Se cree que ocurrieron intervenciones adicionales el 1 y 4 de mayo, así como en otras fechas
.
Las operaciones se financiaron vendiendo valores extranjeros, en particular bonos del Tesoro de Estados Unidos . A pesar de esta potencia financiera sin precedentes, el efecto fue efímero. A principios de junio, el yen ya se había deslizado de vuelta a la zona de 160, lo que subraya el impacto limitado y poco duradero de una intervención, incluso en niveles récord
.
El costo de esta defensa se volvió brutalmente visible el 5 de junio de 2026, cuando los datos del Ministerio de Finanzas revelaron que las reservas de divisas de Japón se habían desplomado en 77.110 millones de dólares en mayo, la caída mensual más pronunciada desde que se iniciaron los registros en el año 2000 . Las reservas totales cayeron a 1,31 billones de dólares, desde los 1,38 billones del mes anterior
.
Solo las tenencias de valores extranjeros disminuyeron en 75.600 millones de dólares, lo que confirma que Tokio liquidó un gran volumen de sus activos en el extranjero para financiar la intervención . La magnitud de la caída sugiere que las autoridades podrían haber seguido interviniendo más allá de la fecha de corte del 27 de mayo que figura en los informes iniciales
. Al ser el segundo mayor tenedor de reservas del mundo, solo por detrás de China, Japón aún tiene abundante munición, pero el rápido ritmo de gasto plantea serias dudas sobre la sostenibilidad de una campaña prolongada
.
El enfoque del gobierno japonés no es monolítico. Mientras la ministra Katayama lidera la carga con amenazas directas y operaciones de mercado, la primera ministra Sanae Takaichi ha trazado públicamente un rumbo diferente.
Takaichi ha hecho hincapié en construir una economía que sea fundamentalmente resiliente a las fluctuaciones del tipo de cambio, en lugar de depender de la manipulación directa de la divisa como estrategia permanente . Su marco de política, apodado “Sanaenomics” en los mercados, se centra en usar lo que ella denomina una “política fiscal proactiva responsable” para elevar la tasa de crecimiento potencial de Japón
.
Los pilares clave de este enfoque incluyen:
La visión de largo plazo de la primera ministra reconoce tanto los beneficios como los dolores de un yen débil, que ayuda a sectores exportadores como el automotriz, pero encarece las importaciones de alimentos y energía . En lugar de obsesionarse con un tipo de cambio concreto, su objetivo es apuntalar los motores económicos domésticos para que las fluctuaciones de la divisa importen cada vez menos. Esta agenda estructural es un proyecto de varios años y no elimina la presión inmediata que ejerce la línea de 160.
La campaña de intervención ha operado con un grado implícito de respaldo estadounidense. Katayama ha citado repetidamente el acuerdo bilateral entre Japón y Estados Unidos, el cual permite actuar contra la “volatilidad excesiva” en los mercados de divisas . El G7 también ha expresado una preocupación compartida por los movimientos cambiarios desmesurados, otorgándole a Tokio cobertura diplomática adicional
. A diferencia de otros episodios del pasado en los que Washington criticó abiertamente las operaciones de compra de yenes, el Tesoro estadounidense se ha abstenido de hacer objeciones públicas en esta ocasión.
A pesar de este paraguas diplomático, la presión bajista sobre el yen responde a fuerzas estructurales que la intervención, por sí sola, no puede revertir:
Japón está librando una guerra en tres frentes: la intervención verbal mediante las amenazas escalonadas de Katayama, la acción directa en el mercado a través de la campaña récord de ¥11,7 billones, y la reforma estructural con la agenda de competitividad de largo plazo de Takaichi. Las dos primeras estrategias han ganado tiempo y demostrado la voluntad de Tokio de quemar reservas, pero no han cambiado la tendencia de fondo. El yen sigue regresando a 160. El tercer frente es un proyecto generacional, no una solución trimestral.
El resultado final probablemente se decidirá lejos del parqué de operaciones: en la sala de juntas del Banco de Japón y en la trayectoria de la brecha de tasas entre Estados Unidos y Japón.
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