Este vuelco dramático se debió a los constantes contraataques terrestres ucranianos, eficaces golpes de alcance medio contra la logística rusa y el bloqueo en febrero de 2026 del uso de terminales Starlink por parte de Rusia en la Ucrania ocupada . El resultado es un frente donde la iniciativa la marca Kiev, no Moscú.
Pese al fracaso en el campo de batalla, Rusia no piensa ceder. Las pruebas apuntan a una campaña de invierno cuyo carácter ha mutado por completo: ya no es una ofensiva terrestre, sino lo que la Fundación Francesa para la Investigación Estratégica (FRS) denomina "degradación coactiva del Estado" .
La inteligencia de Ucrania confirma el plan. El 3 de abril de 2026, el presidente Volodímir Zelenski afirmó que documentos de inteligencia capturados revelan que Rusia planea activamente una "segunda fase" de su operación invernal que apunta contra "instalaciones de suministro de agua, embalses, presas, logística" y otros objetivos civiles esenciales . Más tarde, advirtió de un "terror logístico" al golpear Rusia la infraestructura ferroviaria
.
La lista de objetivos se amplía. Analistas de RBC Ukraine informaron el 11 de junio que el Kremlin expandirá este invierno su lista de blancos para incluir sistemas ferroviarios e hídricos . El Atlantic Council ya evaluó en febrero que la estrategia de Putin estaba virando hacia "destruir la infraestructura de Ucrania y hacer el país inhabitable"
. El estudio de la FRS analiza cómo Moscú instrumentaliza los ataques a la infraestructura durante el invierno, pasando de la desgaste en el frente a castigar a la sociedad civil
.
No se trata de especulaciones. A finales de febrero de 2026, el ISW ya observó que un paquete masivo de ataques rusos parecía desplazar sus objetivos prioritarios de la infraestructura energética hacia los sistemas de agua y ferrocarril por primera vez . El objetivo no es abrir brecha en el frente del Dombás; es congelar, dejar sin agua y aislar a las ciudades ucranianas meses antes de que caigan las nieves.
La pregunta más crítica es si Rusia tiene capacidad para llevar a cabo una ofensiva a gran escala. La evaluación del ISW del 6 de febrero contenía una severa advertencia: el mando militar ruso planeaba entonces su ofensiva de verano, pero los analistas concluyeron que "probablemente carece de las reservas suficientes tanto para prepararse adecuadamente para tal ofensiva como para alcanzar sus objetivos" . Esta valoración resultó profética al desmoronarse la campaña de primavera. Ahora, esas mismas reservas limitadas y unidades desgastadas deben reconstituirse para un esfuerzo invernal.
La tensión estratégica es evidente: un ejército que no logró sus limitados objetivos de primavera con las reservas disponibles, ¿podrá ahora orquestar una campaña de bombardeos masivos, sostenida y multifrente contra infraestructuras civiles? Una campaña así exige un suministro constante de munición de alta precisión, no solo infantería. El desgaste de la economía de guerra rusa, golpeada por sanciones, la caída de ingresos energéticos y un gasto militar desbocado, añade una capa de duda sobre la viabilidad a largo plazo de esta nueva fase del conflicto.
El giro de una ofensiva terrestre fallida a un invierno de terror contra la población civil es un reajuste estratégico nacido de la necesidad. Las fuerzas ucranianas detuvieron el avance, recuperaron terreno y expusieron la incapacidad del ejército ruso para romper líneas fortificadas. El resultado, como confirman ya el ISW y un consenso de fuentes expertas, es una nueva fase de la guerra: una en la que Rusia intentará ganar quebrando la voluntad de resistencia de Ucrania, no conquistando su territorio.
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