Durante décadas después de la Segunda Guerra Mundial, Japón mantuvo un gasto militar relativamente bajo —alrededor del 1% del PIB— como parte de su política de seguridad defensiva.
En los últimos años esa tendencia ha cambiado de forma notable:
El gobierno japonés ya ha anunciado su objetivo de elevar el gasto total en seguridad hasta alrededor del 2% del PIB para 2027, lo que duplicaría el nivel tradicional del país en la era de posguerra.
Además, el gobernante Partido Liberal Democrático ha empezado a estudiar si Japón debería aumentar aún más el presupuesto —posiblemente hacia el 3–5% del PIB— en línea con debates internacionales sobre gasto en defensa entre aliados occidentales y miembros de la OTAN.
El aumento del presupuesto también se refleja en la expansión de las capacidades militares japonesas. Datos citados por análisis basados en SIPRI indican que las importaciones de armas de Japón crecieron alrededor de un 155% entre 2019 y 2023 en comparación con 2014–2018.
Gran parte de esa inversión se dirige a nuevas capacidades militares, entre ellas:
Según Tokio, estas capacidades están diseñadas para reforzar la disuasión y proteger especialmente las islas del suroeste de Japón y las aguas cercanas, donde las tensiones regionales han aumentado.
La relación de seguridad entre Japón y Estados Unidos también influye en este debate. Washington lleva años animando a sus aliados a asumir una mayor parte del gasto en defensa.
Las discusiones internacionales sobre objetivos de gasto —incluidas las conversaciones dentro de la OTAN sobre aumentar el porcentaje del PIB destinado a defensa— han influido en el debate político japonés sobre si el objetivo del 2% debería ampliarse.
Además, el fortalecimiento militar de Japón está estrechamente vinculado a la alianza estratégica entre Estados Unidos y Japón, considerada el pilar central de la seguridad japonesa. Incrementar las capacidades militares se percibe también como una forma de reforzar la disuasión conjunta y asegurar el compromiso estadounidense con la defensa del archipiélago.
Para el gobierno japonés, el aumento del gasto en defensa es principalmente una respuesta a la evolución del entorno estratégico.
Documentos oficiales de seguridad afirman que el país se enfrenta al “entorno de seguridad más severo y complejo desde la Segunda Guerra Mundial”, lo que exige reforzar de manera fundamental sus capacidades defensivas.
Entre los factores clave que cita Tokio están:
La Estrategia de Seguridad Nacional japonesa identifica a China como el “mayor desafío estratégico” para la seguridad del país y describe a Corea del Norte como una “amenaza grave e inminente.”
Desde la perspectiva de Tokio, fortalecer la disuasión —incluida la capacidad de atacar sitios de lanzamiento de misiles si Japón es atacado— pretende prevenir conflictos, no provocarlos.
El desacuerdo sobre el gasto militar japonés refleja una rivalidad estratégica más amplia entre China y Japón.
Para Pekín, el aumento del poder militar japonés despierta preocupaciones históricas y geopolíticas. Para Tokio, en cambio, reforzar su defensa se ha convertido en una respuesta necesaria a un entorno regional cada vez más tenso.
A medida que ambas potencias amplían sus capacidades militares, el debate sobre el presupuesto de defensa de Japón se ha convertido en un símbolo de los cambios en el equilibrio de poder en la región Asia‑Pacífico.
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