Para países que dependen de la importación de energía, el impacto no se limita al mercado petrolero: rápidamente se convierte en un problema de tipo de cambio, inflación y estabilidad financiera.
La crisis comenzó a principios de 2026 cuando el conflicto con Irán interrumpió de facto el tráfico comercial por el Estrecho de Ormuz, una ruta estratégica por la que pasa una gran parte del petróleo que se comercia en el mundo.
La interrupción redujo los flujos de suministro y provocó un aumento brusco de los precios del crudo. En pocos días el Brent superó los 100 dólares por barril y llegó a rondar los 126 dólares en su punto máximo.
Asia es especialmente vulnerable a este tipo de shock energético. Una gran parte del petróleo que importa la región pasa por ese estrecho, por lo que cualquier interrupción repercute casi de inmediato en los costes energéticos.
Como Indonesia, India y Filipinas son grandes importadores de petróleo, el encarecimiento del crudo aumenta sus facturas de importación y eleva la demanda de dólares para pagar energía. Esa presión empuja sus monedas a la baja frente al dólar.
Las caídas de estas monedas responden a varios factores que se refuerzan entre sí:
Cuando los mercados anticipan inflación más alta y déficits externos mayores, los inversores suelen vender activos locales, lo que acelera la depreciación de la moneda.
El encarecimiento del petróleo se transmite rápidamente a la inflación en economías que dependen de importaciones energéticas.
El combustible afecta a múltiples sectores: transporte, generación eléctrica, logística y numerosas industrias intensivas en energía. El resultado es un aumento de la inflación general y, si las empresas trasladan costes, también de la inflación subyacente.
La depreciación de la moneda amplifica el problema. Como el petróleo se negocia globalmente en dólares, una moneda local más débil significa pagar más en términos domésticos por el mismo barril de crudo.
A este fenómeno se le conoce como inflación importada, y es uno de los principales riesgos que vigilan los bancos centrales durante los shocks de materias primas.
El shock petrolero también se ha reflejado en los mercados de deuda.
La expectativa de inflación más alta y de políticas monetarias más restrictivas ha empujado al alza los rendimientos de los bonos gubernamentales locales. Al mismo tiempo, los rendimientos de los bonos estadounidenses —especialmente los del Tesoro— han subido, haciendo más atractivos los activos denominados en dólares frente a la deuda de mercados emergentes.
Esto genera un círculo complicado para las economías afectadas:
Durante la crisis, muchos inversores internacionales han reducido su exposición a varios mercados asiáticos. En India, por ejemplo, las salidas de capital de cartera han coincidido con el aumento del precio del petróleo y el deterioro de la balanza comercial.
Cuando el capital sale de un país, las monedas suelen debilitarse rápidamente porque:
En algunos casos, los bancos centrales han intervenido en el mercado de divisas para frenar movimientos demasiado bruscos.
Las autoridades monetarias de la región enfrentan un equilibrio difícil: controlar la inflación y estabilizar las monedas sin frenar demasiado el crecimiento económico.
Entre las medidas consideradas o aplicadas están:
Intervención en el mercado de divisas. Venta de dólares de las reservas internacionales para estabilizar el tipo de cambio.
Tipos de interés más altos o recortes retrasados. Si la inflación se acelera o la moneda se debilita demasiado, los bancos centrales pueden mantener la política monetaria restrictiva durante más tiempo.
Medidas de liquidez y coordinación fiscal. Ajustes en la liquidez doméstica o medidas gubernamentales para mitigar el impacto del encarecimiento de la energía.
El objetivo es evitar que la volatilidad cambiaria se convierta en una crisis financiera más amplia.
El entorno actual ha llevado a algunos analistas a mencionar la crisis financiera asiática de 1997, cuando varias monedas de la región colapsaron tras una fuerte reversión de flujos de capital.
Existen ciertas similitudes:
Sin embargo, la comparación tiene límites. Muchas economías asiáticas hoy cuentan con reservas de divisas más grandes, tipos de cambio más flexibles y sistemas financieros mejor regulados que en los años noventa.
Por ahora, la mayoría de los economistas considera que lo ocurrido en 2026 es principalmente un shock externo de energía que pone a prueba la resiliencia macroeconómica de la región, más que el inicio de una crisis financiera sistémica.
La debilidad de varias monedas emergentes asiáticas en 2026 se explica por la combinación de un shock petrolero, un dólar fuerte y la salida de capitales internacionales. La crisis en el Estrecho de Ormuz elevó los precios del crudo, amplió los déficits comerciales de los importadores de energía y reavivó los temores inflacionarios.
Para países como Indonesia, India y Filipinas, el desafío consiste ahora en estabilizar sus monedas, contener la inflación y sostener el crecimiento en medio de uno de los shocks energéticos más severos de los últimos años.