Un Tribunal Revolucionario de Mashhad la condenó a tres años de prisión. De ese total, debía cumplir un año, mientras que los otros dos quedaban suspendidos, según informaciones que citan a organizaciones iraníes de derechos humanos y abogados defensores.
Los informes describen dos acusaciones principales:
La información disponible procede principalmente de organizaciones de derechos humanos, abogados y medios que citan a fuentes familiarizadas con el expediente. No ofrece una versión independiente y verificable de las pruebas presentadas durante el juicio ni una sentencia pública que explique los argumentos del tribunal.
Defensores de derechos humanos afirmaron que Yahu permaneció recluida en la prisión de Vakilabad, en Mashhad. Según esas denuncias, las autoridades limitaron su contacto con la familia después de que intentara llamar la atención sobre las condiciones de detención. También se informó de que siguió bajo custodia pese a haber obtenido la libertad bajo fianza, presuntamente porque funcionarios de seguridad y de la prisión impidieron su excarcelación.
Sepideh Gholian, una expresa política, afirmó que Yahu estaba en un pabellón donde las internas sufrían encierro en la celda durante 24 horas, mala higiene y ventilación deficiente, alimentación insuficiente, movilidad limitada y falta de acceso a una cocina. Gholian también aseguró que Yahu fue amenazada con ser enviada a aislamiento después de protestar. Se trata de denuncias de activistas y organizaciones de derechos humanos que no han sido verificadas de forma independiente.
La causa contra Yahu encaja en un patrón más amplio descrito por organizaciones de derechos humanos: el uso de delitos formulados de manera amplia —relacionados con la seguridad, la moralidad o las protestas— contra personas acusadas de expresarse en internet, realizar protestas simbólicas u oponerse al poder. Amnistía Internacional ha denunciado detenciones arbitrarias, juicios acelerados y ejecuciones con motivaciones políticas desde el comienzo del conflicto de 2026.
En la Universidad Tecnológica Sharif, el estudiante de ingeniería informática Reza Dalman fue expulsado y recibió una prohibición de cuatro años para estudiar en cualquier universidad iraní después de supuestamente colgar una rata de peluche de un árbol del campus. Según los informes, el objeto aludía a un apodo utilizado en protestas para burlarse del fallecido líder supremo Ali Khamenei. La universidad confirmó la resolución disciplinaria definitiva.
Por separado, Hengaw informó de que otros siete estudiantes de Sharif se enfrentaban a expulsiones o prohibiciones para continuar sus estudios. El castigo impuesto a Dalman incluía cuatro años de veto, mientras que algunos de sus compañeros recibieron prohibiciones de cinco años.
La cantante Parastoo Ahmadi y ocho músicos y miembros del equipo de producción fueron condenados a 74 latigazos en un caso relacionado con una actuación sin el hiyab obligatorio. Los informes también describieron restricciones de dos años para viajar y desarrollar actividades artísticas.
El caso muestra cómo una expresión cultural puede ser perseguida mediante normas de decencia pública, mientras que el expediente de Yahu fue planteado a través de acusaciones relacionadas con la seguridad nacional y con Israel.
En algunos procesos relacionados con protestas y seguridad nacional, las consecuencias han sido mucho más graves. El rapero Mahnam Navab Safavi recibió una condena a muerte por cargos que incluían “hacer la guerra contra Dios”, “propaganda contra el sistema” y reunión y conspiración. Según los informes, la fiscalía consideró que la supuesta escritura de consignas de protesta en muros constituía destrucción de propiedad pública.
El alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos afirmó que Irán había ejecutado al menos a 56 personas por cargos relacionados con la seguridad nacional desde el 19 de marzo. De ellas, 27 estaban vinculadas a casos de protestas. También advirtió de que más de 100 personas seguían en riesgo de ejecución por acusaciones similares. Amnistía Internacional, por su parte, informó de que al menos 60 personas podrían continuar expuestas a la pena de muerte.
Otro informe de derechos humanos señaló que las autoridades iraníes habían recurrido a procesos colectivos acelerados, en los que decenas de manifestantes recibieron condenas a muerte, lo que suscitó preocupación por el respeto al debido proceso.
La pena de Yahu es menos severa que las condenas a muerte comunicadas en algunos procesos contra manifestantes. Sin embargo, la conducta que se le atribuye parece comparativamente limitada: comentarios en internet y reacciones simbólicas. Esa diferencia explica por qué las organizaciones de derechos humanos consideran relevante el caso.
El expediente sugiere que, en el actual clima político, las autoridades iraníes pueden tratar una expresión digital o un gesto de simpatía política como una conducta relacionada con la seguridad nacional, en lugar de considerarlos una forma ordinaria de expresión.
La información pública sobre el caso es incompleta y las denuncias sobre el trato recibido por Yahu en prisión siguen sin verificación independiente. Aun así, su situación, observada junto con las expulsiones universitarias, los castigos contra artistas y el uso de cargos que pueden llevar a la pena capital contra manifestantes, forma parte del patrón de represión documentado por organizaciones de derechos humanos y organismos internacionales.
Un Tribunal Revolucionario de Mashhad la condenó a tres años de prisión. De ese total, debía cumplir un año, mientras que los otros dos quedaban suspendidos, según informaciones que citan a organizaciones iraníes de derechos humanos y abogados defensores.
Los informes describen dos acusaciones principales:
La información disponible procede principalmente de organizaciones de derechos humanos, abogados y medios que citan a fuentes familiarizadas con el expediente. No ofrece una versión independiente y verificable de las pruebas presentadas durante el juicio ni una sentencia pública que explique los argumentos del tribunal.
Defensores de derechos humanos afirmaron que Yahu permaneció recluida en la prisión de Vakilabad, en Mashhad. Según esas denuncias, las autoridades limitaron su contacto con la familia después de que intentara llamar la atención sobre las condiciones de detención. También se informó de que siguió bajo custodia pese a haber obtenido la libertad bajo fianza, presuntamente porque funcionarios de seguridad y de la prisión impidieron su excarcelación.
Sepideh Gholian, una expresa política, afirmó que Yahu estaba en un pabellón donde las internas sufrían encierro en la celda durante 24 horas, mala higiene y ventilación deficiente, alimentación insuficiente, movilidad limitada y falta de acceso a una cocina. Gholian también aseguró que Yahu fue amenazada con ser enviada a aislamiento después de protestar. Se trata de denuncias de activistas y organizaciones de derechos humanos que no han sido verificadas de forma independiente.
La causa contra Yahu encaja en un patrón más amplio descrito por organizaciones de derechos humanos: el uso de delitos formulados de manera amplia —relacionados con la seguridad, la moralidad o las protestas— contra personas acusadas de expresarse en internet, realizar protestas simbólicas u oponerse al poder. Amnistía Internacional ha denunciado detenciones arbitrarias, juicios acelerados y ejecuciones con motivaciones políticas desde el comienzo del conflicto de 2026.
En la Universidad Tecnológica Sharif, el estudiante de ingeniería informática Reza Dalman fue expulsado y recibió una prohibición de cuatro años para estudiar en cualquier universidad iraní después de supuestamente colgar una rata de peluche de un árbol del campus. Según los informes, el objeto aludía a un apodo utilizado en protestas para burlarse del fallecido líder supremo Ali Khamenei. La universidad confirmó la resolución disciplinaria definitiva.
Por separado, Hengaw informó de que otros siete estudiantes de Sharif se enfrentaban a expulsiones o prohibiciones para continuar sus estudios. El castigo impuesto a Dalman incluía cuatro años de veto, mientras que algunos de sus compañeros recibieron prohibiciones de cinco años.
La cantante Parastoo Ahmadi y ocho músicos y miembros del equipo de producción fueron condenados a 74 latigazos en un caso relacionado con una actuación sin el hiyab obligatorio. Los informes también describieron restricciones de dos años para viajar y desarrollar actividades artísticas.
El caso muestra cómo una expresión cultural puede ser perseguida mediante normas de decencia pública, mientras que el expediente de Yahu fue planteado a través de acusaciones relacionadas con la seguridad nacional y con Israel.
En algunos procesos relacionados con protestas y seguridad nacional, las consecuencias han sido mucho más graves. El rapero Mahnam Navab Safavi recibió una condena a muerte por cargos que incluían “hacer la guerra contra Dios”, “propaganda contra el sistema” y reunión y conspiración. Según los informes, la fiscalía consideró que la supuesta escritura de consignas de protesta en muros constituía destrucción de propiedad pública.
El alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos afirmó que Irán había ejecutado al menos a 56 personas por cargos relacionados con la seguridad nacional desde el 19 de marzo. De ellas, 27 estaban vinculadas a casos de protestas. También advirtió de que más de 100 personas seguían en riesgo de ejecución por acusaciones similares. Amnistía Internacional, por su parte, informó de que al menos 60 personas podrían continuar expuestas a la pena de muerte.
Otro informe de derechos humanos señaló que las autoridades iraníes habían recurrido a procesos colectivos acelerados, en los que decenas de manifestantes recibieron condenas a muerte, lo que suscitó preocupación por el respeto al debido proceso.
La pena de Yahu es menos severa que las condenas a muerte comunicadas en algunos procesos contra manifestantes. Sin embargo, la conducta que se le atribuye parece comparativamente limitada: comentarios en internet y reacciones simbólicas. Esa diferencia explica por qué las organizaciones de derechos humanos consideran relevante el caso.
El expediente sugiere que, en el actual clima político, las autoridades iraníes pueden tratar una expresión digital o un gesto de simpatía política como una conducta relacionada con la seguridad nacional, en lugar de considerarlos una forma ordinaria de expresión.
La información pública sobre el caso es incompleta y las denuncias sobre el trato recibido por Yahu en prisión siguen sin verificación independiente. Aun así, su situación, observada junto con las expulsiones universitarias, los castigos contra artistas y el uso de cargos que pueden llevar a la pena capital contra manifestantes, forma parte del patrón de represión documentado por organizaciones de derechos humanos y organismos internacionales.