Economistas y autoridades destacaron que el aumento de la inversión en infraestructuras ayudó a estabilizar la inversión total en activos fijos durante el primer trimestre.
Esto es importante porque el sector inmobiliario —tradicional motor de crecimiento— lleva varios años debilitado. Ante esa situación, la inversión pública financiada mediante gasto central, bancos de desarrollo y bonos especiales de gobiernos locales ha funcionado como contrapeso.
Si ese motor pierde fuerza, la economía pierde uno de sus principales amortiguadores frente a la desaceleración.
Otro elemento que llama la atención en los datos fiscales recientes es el contraste entre ingresos públicos al alza y gasto más débil.
A primera vista, unos ingresos mayores podrían interpretarse como señal de actividad económica más fuerte. Sin embargo, en China parte de la recaudación puede depender de factores financieros o técnicos que no reflejan necesariamente una mejora general de la economía.
Por ejemplo, los ingresos derivados del impuesto de timbre sobre transacciones bursátiles suelen aumentar cuando sube el volumen de operaciones en los mercados financieros, algo que no siempre está vinculado con un mayor consumo o con beneficios empresariales más sólidos.
Cuando los ingresos crecen pero el gasto se ralentiza, el problema no suele ser la falta de dinero. Los posibles obstáculos incluyen:
Este punto refleja una característica estructural del sistema fiscal chino: buena parte del gasto lo realizan los gobiernos locales, que al mismo tiempo enfrentan restricciones financieras significativas.
Para 2026, Pekín adoptó una estrategia macroeconómica prudente pero de apoyo al crecimiento. El gobierno fijó un objetivo de crecimiento del PIB de entre el 4,5% y el 5%, acompañado de políticas destinadas a mantener la estabilidad económica y avanzar en la transformación estructural del país.
Las autoridades han señalado que la política fiscal seguirá siendo “más proactiva”, pero con un enfoque en mejorar la precisión y la eficacia del gasto en lugar de recurrir a un gran estímulo generalizado.
El presupuesto nacional refleja esa orientación. El gasto fiscal total para 2026 está previsto por encima de los 30 billones de yuanes, respaldado por niveles récord de emisión de bonos gubernamentales destinados a financiar infraestructuras e inversiones estratégicas.
Sin embargo, el foco del gasto se está desplazando gradualmente. Además de la infraestructura tradicional, el gobierno busca canalizar más recursos hacia áreas como:
La desaceleración del gasto en abril no significa necesariamente que China haya abandonado el apoyo fiscal. Lo que plantea es una pregunta sobre el ritmo y la transmisión de ese estímulo hacia la economía real.
Entre los factores que influyen en ese debate están:
Si estas presiones se intensifican, los responsables políticos podrían responder acelerando nuevamente el gasto en infraestructuras, ampliando la emisión de bonos de gobiernos locales o introduciendo medidas más específicas para estimular el consumo y estabilizar el mercado de la vivienda.
Un solo mes de datos fiscales rara vez determina el rumbo de toda una economía. Sin embargo, el descenso del gasto en abril es relevante porque sugiere que el impulso fiscal que apoyó el crecimiento a comienzos de año podría no ser tan fuerte o constante como se esperaba.
Si el retroceso resulta temporal, probablemente refleje factores técnicos como presupuestos adelantados o retrasos administrativos. Pero si la desaceleración persiste, China podría perder uno de los pocos motores capaces de sostener la actividad económica en medio de la debilidad inmobiliaria y la incertidumbre global.
En ese escenario, aumentaría la presión sobre Pekín para desplegar medidas adicionales de estímulo durante el resto de 2026 con el fin de mantener el crecimiento dentro del rango objetivo del 4,5–5%.
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