En lugar de intentar detener directamente la extracción de petróleo, la estrategia se centra en el procesamiento y la logística. Si refinerías, terminales o nodos de transporte quedan fuera de servicio, el petróleo pierde parte de su valor económico y se complica su exportación.
Dos golpes recientes reflejan bien esta lógica. Según el Estado Mayor ucraniano, sus fuerzas atacaron el 18 de mayo la refinería Lukoil‑Nizhegorodnefteorgsintez y el 19 de mayo la estación de bombeo Yaroslavl‑3. Tras el ataque a la refinería se registró un incendio dentro de la instalación.
La refinería NORSI, ubicada en la región rusa de Nizhni Nóvgorod, es una de las mayores del país y puede procesar aproximadamente 17 millones de toneladas de crudo al año. Daños en este tipo de plantas pueden interrumpir la producción de gasolina y diésel incluso si la extracción de petróleo continúa.
Las estaciones de bombeo como Yaroslavl‑3 cumplen otra función crítica: mantienen el flujo de petróleo y derivados a través de la red de oleoductos rusa hacia refinerías y rutas de exportación. Si estos nodos fallan, pueden generarse cuellos de botella en toda la cadena energética.
El presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy ha afirmado que los ataques con drones han dejado fuera de servicio alrededor del 10% de la capacidad de refinado de Rusia. Algunos análisis basados en datos del sector petrolero y reportes de Reuters apuntan a que, en ciertos momentos de la campaña, los daños han afectado temporalmente aproximadamente esa proporción de la capacidad total.
Sin embargo, medir el impacto real es complicado. Muchas refinerías reanudan operaciones tras reparaciones, y no siempre está claro si una instalación está completamente paralizada o simplemente funcionando a menor ritmo.
Además, existe una diferencia importante entre:
Esa distinción hace que las cifras exactas sean difíciles de verificar de manera independiente.
Incluso interrupciones parciales pueden tener consecuencias económicas. Los impuestos al petróleo y al gas representan aproximadamente una cuarta parte de los ingresos del presupuesto federal ruso, lo que convierte al sector energético en un pilar clave para financiar la guerra.
Los ataques pueden generar varias presiones económicas:
Dado que la campaña se dirige principalmente a la infraestructura de procesamiento y transporte, el efecto sobre la producción de crudo suele ser indirecto, pero los daños repetidos pueden generar problemas en cascada dentro de la cadena de suministro.
Las autoridades rusas han restado importancia públicamente a estos ataques. El presidente Vladimir Putin afirmó que los drones ucranianos no representan “amenazas serias” para las refinerías rusas, incluso cuando se reportaron incendios y daños en varias instalaciones.
Este tipo de mensajes forma parte de la batalla informativa que acompaña a la guerra: cada parte intenta reforzar su propia narrativa estratégica, lo que complica las evaluaciones independientes.
Una de las consecuencias más visibles de esta campaña ha sido el impacto ambiental en zonas cercanas a instalaciones energéticas, especialmente alrededor de la refinería y terminal petrolera de Tuapse, en la costa rusa del mar Negro.
Allí, repetidos ataques con drones provocaron grandes incendios que ardieron durante días. En ataques anteriores se reportó al menos una persona muerta y otra herida.
Vecinos y activistas ambientales han descrito densas columnas de humo negro, contaminación por petróleo e incluso lluvia con residuos de hidrocarburos tras los incendios en la refinería.
Estos episodios subrayan un riesgo inherente a atacar grandes instalaciones industriales: más allá del impacto económico o militar, los incendios y derrames pueden afectar a comunidades locales y ecosistemas costeros.
En conjunto, la campaña de drones de Ucrania parece diseñada para imponer costos graduales más que para lograr un golpe decisivo. Los drones de largo alcance —mucho más baratos que los misiles— pueden obligar a Rusia a gastar grandes recursos en defensa aérea, reparaciones y ajustes logísticos, al tiempo que amenazan un sector clave de su economía.
Aun así, el resultado a largo plazo sigue siendo incierto. Rusia puede reparar instalaciones dañadas, redirigir exportaciones o compensar pérdidas con precios energéticos más altos en el mercado global.
Lo que sí está claro es que la guerra ya no se libra solo en el frente: la infraestructura energética se ha convertido en un campo de batalla estratégico, y sus efectos económicos, políticos y ambientales se sienten muy lejos de la línea de combate.
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