Los avances recientes no muestran una ruta clara hacia el control total de Donetsk. El Institute for the Study of War (ISW), un centro estadounidense de análisis militar, registró avances rusos de 34,67 kilómetros cuadrados en la zona de Dobropilia durante julio de 2026, después de una pérdida de 2,23 kilómetros cuadrados en junio. El instituto calificó de «extremadamente poco realistas» los plazos rusos para completar la operación más amplia.
Un análisis independiente basado en el seguimiento del campo de batalla ucraniano señaló que las fuerzas rusas ganaron solo 36 kilómetros cuadrados en todo el frente durante julio. Según esa evaluación, al ritmo actual Moscú podría no conquistar toda la provincia de Donetsk ni siquiera en 2027.
Estas cifras no prueban que Rusia sea incapaz de acelerar su ofensiva. El ritmo puede cambiar si se debilitan las defensas ucranianas, disminuye la ayuda exterior o Moscú concentra más fuerzas en un sector. Sí muestran, no obstante, por qué el objetivo de otoño de 2027 parece una aspiración sometida a presión, no un desenlace inevitable.
Rusia ha intentado evitar otra movilización nacional impopular ofreciendo contratos económicamente atractivos y recurriendo al reclutamiento regional. Ese modelo se vuelve más difícil de sostener a medida que disminuye el alistamiento voluntario y siguen siendo elevadas las pérdidas en el frente. The Guardian informó de que Rusia pierde unos 30.000 efectivos al mes y que ha reclutado aproximadamente 1,3 millones de soldados bajo contrato desde el inicio de la invasión a gran escala.
Otras estimaciones citadas por el ISW sitúan las bajas rusas entre enero y julio de 2026 en unas 222.500, alrededor de 31.785 al mes, frente a aproximadamente 221.000 nuevos reclutas en el mismo periodo. Las cifras de pérdidas durante la guerra son objeto de disputa y deben interpretarse con cautela. La presión general, sin embargo, es clara: el reclutamiento debe reemplazar las bajas y, al mismo tiempo, generar fuerzas para nuevas ofensivas.
Eso ayuda a explicar las informaciones sobre una posible movilización posterior a las elecciones o incluso un llamamiento involuntario. Funcionarios ucranianos han afirmado que Rusia podría anunciar una movilización más amplia después de las elecciones parlamentarias, mientras Moscú ha negado que prepare una nueva campaña de reclutamiento obligatorio.
Una movilización podría ampliar el número de tropas disponibles, pero no produciría de inmediato oficiales experimentados, unidades cohesionadas ni fuerzas de asalto eficaces. Más personal ampliaría las opciones de Rusia, pero no resolvería por sí solo su problema de generación de fuerzas.
Las finanzas rusas constituyen otra restricción para una guerra que el Kremlin pretende prolongar hasta 2027. El Instituto Kiel informó de que los activos líquidos del fondo soberano ruso cayeron del 6,5 % del PIB al comienzo de la guerra al 1,8 % en abril de 2026. También señaló que el déficit federal superó durante los tres primeros meses del año el objetivo previsto para todo 2026, mientras los ingresos de petróleo y gas disminuyeron un 45 % interanual en el primer trimestre.
Por separado, la inteligencia ucraniana situó el déficit ruso de los primeros siete meses de 2026 en 6,46 billones de rublos y afirmó que los recursos líquidos del Fondo Nacional de Riqueza se habían reducido a 3,69 billones de rublos.
Esto no significa que Rusia esté a punto de quedarse sin dinero o de abandonar la guerra. El Kremlin todavía puede priorizar el gasto militar, subir impuestos, endeudarse dentro del país y trasladar costes a empresas, regiones y hogares. La conclusión más prudente es otra: cada año adicional vuelve más difíciles las decisiones económicas. La presión financiera puede reducir la resiliencia, limitar las inversiones en calidad militar y obligar a tomar decisiones políticamente costosas, aunque no provoque automáticamente una derrota.
La próxima campaña de invierno probablemente no se limitará a objetivos militares. Desde finales de 2022, Rusia ha atacado de forma sistemática la electricidad, el gas y los sistemas de calefacción de Ucrania, provocando apagones y alterando el suministro de calor y agua durante periodos de frío extremo.
La lógica es coercitiva. Los ataques contra la infraestructura pueden:
La infraestructura crítica europea también está expuesta a presiones híbridas. El Instituto de Estudios de Seguridad de la Unión Europea identifica los ataques disruptivos contra infraestructuras de la UE y la agresión continuada de Rusia como riesgos importantes. Considera, además, un ataque híbrido contra infraestructuras críticas uno de los escenarios más probables y de mayor impacto para Europa.
El objetivo de este tipo de acciones sería medir la capacidad de la OTAN para atribuir los ataques, coordinar una respuesta y disuadir nuevas agresiones sin ofrecer a Moscú un pretexto para ampliar el conflicto.
La campaña ucraniana de ataques en profundidad ofrece una forma de dificultar el calendario de Moscú al afectar al combustible, la logística, las defensas aéreas, los sistemas de mando y la producción militar rusa. Pero la evidencia disponible no basta para medir por separado el efecto estratégico de los ataques de julio ni para afirmar que ya hayan cambiado la trayectoria de la guerra.
Su valor depende del conjunto de la defensa ucraniana: munición suficiente, defensa aérea, drones, inteligencia y capacidad para mantener las líneas defensivas. Los ataques contra la retaguardia son más importantes cuando reducen la capacidad rusa de sostener las operaciones en el frente, y no solo cuando producen una interrupción temporal.
No conquistar el Donbás para otoño de 2027 podría hacer más probables las negociaciones, porque debilitaría el argumento del Kremlin de que el paso del tiempo favorece decisivamente a Rusia. Esa es la inferencia condicional que aparece en las informaciones sobre el supuesto plazo.
No produciría automáticamente un acuerdo razonable. Moscú podría optar por:
El efecto más plausible de un plazo incumplido sería, por tanto, un cambio en el cálculo negociador ruso, no el abandono inmediato de sus objetivos. El resultado de cualquier diálogo seguiría dependiendo de la posición militar de Ucrania, la continuidad del apoyo aliado y la credibilidad de las garantías de seguridad posteriores a la guerra.
La oportunidad que aún existe consiste en modificar el cálculo de costes y beneficios del Kremlin antes de que llegue la fecha señalada.
Los gobiernos europeos han reafirmado su apoyo a Ucrania y han definido su objetivo como una paz justa y duradera conforme al derecho internacional. Garantías de seguridad creíbles y prolongadas, financiación estable para armas, defensa aérea, inteligencia y entrenamiento dificultarían que Rusia supusiera que un alto el fuego solo serviría para rearmarse y atacar de nuevo.
Las medidas son más relevantes cuando afectan a los ingresos, los canales financieros, las importaciones tecnológicas, las redes de transporte marítimo y las cadenas de suministro de bienes de doble uso que sostienen la producción militar rusa. La aplicación efectiva es tan importante como el anuncio de nuevas restricciones: unas sanciones fáciles de eludir difícilmente cambiarán de forma sustancial los cálculos de Moscú.
La estrategia del Kremlin depende en parte de la idea de que el tiempo dividirá a los países que respaldan a Ucrania. Los líderes europeos han insistido en la importancia de mantener la unidad, mientras que responsables de la OTAN han señalado que unas fuerzas ucranianas sólidas, los compromisos europeos y el respaldo estadounidense son elementos centrales de unas garantías de seguridad creíbles.
La capacidad rusa para sostener una guerra prolongada no depende únicamente de sus recursos internos, sino también de su acceso a mercados exteriores, tecnología y redes de suministro. Los esfuerzos coordinados para limitar la ayuda que mejora la producción militar rusa pueden reducir las opciones de Moscú sin depender de un colapso económico interno, cuya fecha y probabilidad son inciertas.
Rusia conserva la capacidad de librar una guerra destructiva hasta 2027. Lo que no ha demostrado es que disponga de una vía rápida, sostenible y de bajo coste para controlar por completo el Donbás.
El supuesto plazo revela, por eso, ambición y vulnerabilidad a la vez. Moscú apuesta por el desgaste, la movilización, la coerción invernal y el cansancio de los aliados. Ucrania y sus socios pueden hacer menos atractiva esa apuesta si mantienen la capacidad de negar avances, protegen la infraestructura civil, sostienen la presión económica y hacen que cualquier futuro alto el fuego sea más seguro para Ucrania que otro ciclo ofensivo ruso.
Si el plazo fracasa, la diplomacia podría ganar peso. Pero la cuestión decisiva será si Rusia ve las negociaciones como una vía hacia el compromiso o simplemente como otro instrumento para perseguir los mismos objetivos.