Las rentabilidades de los bonos suben cuando sus precios bajan. En Japón, los inversores están exigiendo ahora una compensación mayor por mantener deuda pública, después de años de tipos cercanos a cero y de una política monetaria difícil de anticipar durante su proceso de normalización.
Por eso, el movimiento no es únicamente una apuesta sobre la próxima reunión del BOJ. Es una revisión completa de las perspectivas de tipos, inflación y riesgo.
El Banco de Japón se enfrenta a dos riesgos contrapuestos. Debe normalizar la política lo suficiente para evitar que las expectativas de inflación se arraiguen y para respaldar al yen, pero no tanto ni tan rápido como para dañar la demanda interna.
Los mercados reaccionaron a las informaciones de que el BOJ estudia una subida en septiembre y un ritmo de incrementos posterior más rápido que el patrón aproximado de dos movimientos al año. Reuters señaló que los mercados asignaban cerca de un 80% de probabilidad a una subida en septiembre cuando publicó su información.
Eso no confirma que la subida vaya a producirse ni permite saber cuál será el tipo terminal, es decir, el nivel máximo al que llegarían los tipos en este ciclo. Precisamente esa falta de claridad es relevante para los bonos: los inversores deben valorar el riesgo de mantener deuda a largo plazo sin tener una visión definida sobre el punto final de la política monetaria.
La inflación tampoco ofrece una señal completamente sencilla. La inflación general de Japón se moderó hasta el 1,7% interanual en junio, mientras que la mayoría de las medidas de inflación subyacente se situaron en el 1,6% o por debajo, según Deloitte. Sin embargo, los costes de la energía y de las materias primas importadas, las alteraciones geopolíticas y la debilidad del yen todavía pueden mantener la presión sobre los precios, incluso con una demanda interna débil.
Los datos del segundo trimestre justifican la cautela. El PIB real de Japón creció a un ritmo anualizado del 1,1% entre abril y junio, claramente por debajo del aproximadamente 2% que esperaba el mercado. En términos trimestrales, el avance fue del 0,3%; el consumo privado se mantuvo prácticamente plano y la inversión empresarial cayó un 1,2%.
El dato debilita el argumento a favor de subidas rápidas, porque unos costes de financiación más altos podrían frenar todavía más el consumo y la inversión. Pero un crecimiento débil no elimina automáticamente el problema de la inflación si los mayores costes de importación y energía siguen trasladándose a hogares y empresas.
El resultado es una combinación incómoda para los responsables de política económica: la actividad no es lo bastante sólida como para que un endurecimiento agresivo resulte cómodo, pero la inflación y la presión sobre la moneda pueden hacer igualmente difícil mantener una política demasiado expansiva. Las próximas decisiones del BOJ dependerán, por tanto, no solo del PIB, sino también de si la demanda interna se recupera y de si las presiones de costes empiezan a extenderse.
La fuerte pendiente de la curva es una señal de alerta, pero no demuestra por sí sola que Japón esté cerca de una crisis de deuda soberana. Indica que los inversores están asignando más riesgo a la inflación, la refinanciación y la evolución fiscal a largo plazo.
El Gobierno japonés prevé que el saldo de los bonos generales en circulación alcance los 1.145 billones de yenes al cierre del ejercicio fiscal de 2026. A medida que la deuda existente se refinancie a tipos más altos, aumentarán los costes de intereses y se reducirá el margen del Ejecutivo para responder a futuras perturbaciones. El FMI también advierte de que la deuda bruta seguirá siendo elevada y de que el aumento de las presiones de gasto exige ajustes fiscales y mayores colchones presupuestarios.
La sensibilidad fiscal es mayor cuando las rentabilidades permanecen elevadas durante un periodo prolongado, no cuando simplemente registran un repunte de unas pocas sesiones. Un movimiento temporal puede absorberse con más facilidad que un aumento sostenido del coste medio de financiación aplicado a una deuda tan voluminosa.
El mercado de bonos está enviando así una advertencia importante sobre el margen fiscal. Pero la advertencia apunta a una mayor sensibilidad a los tipos, no a un impago inminente. La sostenibilidad dependerá de la relación entre el crecimiento nominal, el tipo de interés efectivo, los saldos primarios futuros y la credibilidad de la política fiscal.
El BOJ podría intentar contener las rentabilidades mediante nuevos límites o compras de bonos más cuantiosas. Sin embargo, esas medidas no resolverían el desajuste de fondo entre los tipos de mercado, la inflación y el riesgo fiscal. Japón abandonó el control de la curva de rentabilidades en 2024 y después inició un programa para reducir sus compras de bonos; volver a suprimir artificialmente las rentabilidades podría perjudicar la formación de precios y hacer más brusco el ajuste posterior.
La intervención cambiaria también tiene límites. Comprar yenes puede suavizar movimientos desordenados, pero no puede compensar de forma permanente una brecha amplia de tipos o de políticas con Estados Unidos. El Ministerio de Finanzas japonés ya ha realizado varias rondas de intervención para comprar yenes, según Reuters, lo que muestra tanto la disposición a actuar como la magnitud del desafío.
Una fuente más duradera de respaldo para el yen sería una senda creíble de normalización del BOJ, acompañada de una reducción del diferencial de tipos entre Estados Unidos y Japón. El coste de esa estrategia es que unos tipos japoneses más altos pueden pesar sobre el crecimiento y aumentar la presión financiera sobre prestatarios, inversores y Gobierno.
Unos JGB más rentables elevan las tasas de descuento utilizadas para valorar activos en todo el mercado japonés. Esto puede presionar a las empresas de crecimiento con valoraciones elevadas, al sector inmobiliario y a las compañías con una carga importante de deuda.
Los bancos y las aseguradoras pueden beneficiarse de mejores rendimientos al reinvertir sus carteras. No obstante, los movimientos rápidos del mercado de bonos también pueden generar pérdidas de valoración y riesgos de financiación para las instituciones que mantienen grandes posiciones en títulos de larga duración.
Un yen más fuerte añadiría presión a los exportadores, porque sus beneficios obtenidos en el extranjero se traducirían en menos yenes. Un yen más débil, en cambio, intensificaría la inflación importada y dificultaría que el BOJ declarase controladas las presiones sobre los precios.
Para los inversores internacionales en renta fija, los JGB ofrecen ahora más ingresos nominales que durante la era de tipos cero. Pero no son automáticamente una cobertura fiable cuando las rentabilidades suben en todo el mundo. Los bonos japoneses de larga duración pueden caer al mismo tiempo que los bonos del Tesoro estadounidense y la deuda pública europea si el factor dominante es un aumento sincronizado de las primas por plazo.
El beneficio de diversificación tendría más probabilidades de regresar durante un shock de crecimiento específico de Japón o una fase global de aversión al riesgo que empujara las rentabilidades a la baja, siempre que la inflación y las dudas fiscales no pesen más que el tradicional efecto de refugio.
La cuestión central es si Japón puede normalizar los tipos de interés de forma gradual, mantener la confianza en sus finanzas públicas y, al mismo tiempo, sostener una recuperación todavía frágil.
Una subida en septiembre sigue siendo posible y los precios de mercado muestran que los inversores se están tomando seriamente esa posibilidad. Pero la debilidad de la demanda interna en el segundo trimestre ofrece al BOJ un motivo para actuar con prudencia o aplazar el movimiento si la actividad empeora. Mientras tanto, los costes persistentes, la debilidad del yen y la venta global de bonos pueden seguir empujando las rentabilidades al alza incluso antes de que el banco central tome una decisión.
El repunte de los bonos japoneses se entiende mejor como una revisión simultánea del riesgo monetario, inflacionista y fiscal, no como un veredicto aislado del mercado. El BOJ debe encontrar un camino suficientemente restrictivo para anclar los precios y respaldar la moneda, pero lo bastante gradual y previsible para no agravar el servicio de la deuda ni asfixiar el crecimiento interno.