Los wearables con inteligencia artificial aspiran a hacer algunas tareas sin sacar el móvil del bolsillo: unas gafas pueden captar imágenes o responder a preguntas sobre lo que ve quien las lleva; una grabadora puede transcribir una reunión. Pero esa capacidad de percibir el entorno también plantea una pregunta difícil: ¿cómo se protege la privacidad de las personas que no han elegido llevar el dispositivo?
Las gafas inteligentes de Meta muestran la tensión entre oportunidad y desconfianza. EssilorLuxottica dijo que en 2025 vendió siete millones de pares de gafas con IA. Al mismo tiempo, algunas salas y locales del Reino Unido han restringido su uso por temor a las grabaciones encubiertas, y una demanda en Estados Unidos cuestiona las prácticas de privacidad de la empresa. Las ventas, por sí solas, no demuestran que el público acepte estos dispositivos en cualquier contexto.
3
5
El consentimiento de quienes aparecen en la grabación
Quien lleva las gafas decide si activa la cámara o el micrófono; las personas cercanas pueden no darse cuenta de que están siendo grabadas y tienen pocas opciones para negarse en ese momento. En una demanda presentada en Estados Unidos, más de 70 personas alegan que las gafas captaron imágenes sensibles y que parte del material llegó a personas revisoras en el extranjero. Meta niega las acusaciones, que todavía no se han demostrado ante un tribunal.
1
3
La empresa señala que sus gafas tienen una luz indicadora y que la cámara deja de funcionar si se tapa esa luz. También ha dicho que añade protecciones para impedir que se manipule o destruya el indicador.
8
10 Sin embargo, se ha planteado otra duda: en modelos más recientes, ciertas consultas de IA que usan la cámara —por ejemplo, para identificar un lugar o una planta— pueden no encender la luz de grabación. Para quienes están cerca, la señal puede resultar menos clara.
7
Menos sensores o grabación más deliberada
Una alternativa es prescindir de la cámara. Los pines y las grabadoras centrados en el audio evitan la preocupación específica de captar imágenes de forma discreta, aunque siguen planteando preguntas sobre cuándo se activa el micrófono y quién puede acceder a las conversaciones.
17
Plaud, por ejemplo, describe un dispositivo que conserva el audio en el propio aparato hasta que la persona usuaria decide procesarlo. La empresa también ofrece almacenamiento en la nube y transcripciones generadas con IA. Dejar la carga para más tarde o no incluir una cámara puede reducir ciertos riesgos, pero no sustituye unas reglas claras sobre consentimiento, conservación y uso de los datos.
Procesar los datos en el dispositivo no resuelve todo
Ejecutar más funciones de IA directamente en el wearable podría reducir la información que se envía a la nube. Aun así, las empresas tendrían que explicar qué se guarda, qué se sube a sus servidores y si personas pueden revisar el material. También importa que cualquier señal de grabación sea fácil de percibir para quienes están alrededor, no solo para quien compró el dispositivo.
En el trabajo, grabar una reunión puede servir para tomar notas o preparar una transcripción, pero las organizaciones deben considerar sus políticas internas, la confidencialidad y los derechos de las personas participantes.
4
Por ahora, parece más probable que estos productos se consoliden como herramientas específicas —por ejemplo, gafas para usar las manos libres o grabadoras que se activan de forma deliberada— que como sustitutos probados del teléfono inteligente. Para ampliar su uso, las empresas tendrán que ofrecer algo más que controles técnicos: deberán lograr que las personas cercanas entiendan cuándo se las graba y qué pasa después con esa información.
1
2
8