Kiev redujo hasta un 12% su objetivo oficial de exportación de grano para la campaña 2026/27: pasó de una previsión anterior de 43 millones de toneladas a entre 38 y 40 millones. El ministro de Agricultura atribuyó la revisión a los ataques rusos contra la red portuaria del sur.
Otra estimación situó las exportaciones ucranianas de productos agrícolas en unos 29,6 millones de toneladas durante la campaña, un 54% por debajo de una previsión anterior de 64,4 millones. Se trata de un escenario estimado y no de una previsión consensuada, por lo que no debe tomarse como el resultado definitivo.
El problema interno no es únicamente la pérdida de ingresos por exportación. El grano que no llega a los puertos se acumula en el interior, ocupa el espacio de almacenamiento y debilita la capacidad de negociación de los agricultores. Reuters informó de que los productores afrontaban precios más bajos en origen, almacenes limitados y una presión creciente sobre su liquidez, incluso mientras subían las referencias internacionales del trigo.
Es un desajuste especialmente dañino: Ucrania puede tener grano para vender, pero no contar con una logística segura y asequible para convertirlo en ingresos antes de que llegue la siguiente cosecha.
Ucrania estudia utilizar más el ferrocarril, las carreteras y las rutas del Danubio. También ha considerado transportar grano por tren a través de Moldavia hasta el puerto rumano de Constanza. Estas alternativas reducen la exposición a los ataques marítimos directos, pero tienen menos capacidad y pueden resultar más caras o lentas que los envíos de gran calado.
El Ministerio de Agricultura ucraniano afirmó que las rutas alternativas no alcanzarían la capacidad necesaria antes de finales de agosto y que solo podrían mover aproximadamente la mitad de los volúmenes gestionados normalmente por los puertos afectados del mar Negro. La limitación es importante: una interrupción marítima temporal puede convertirse en un problema para toda la campaña cuando almacenes, vagones, pasos fronterizos y barcazas compiten simultáneamente por capacidad.
Los datos disponibles no permiten establecer un volumen fiable de grano perdido de forma permanente para el mercado mundial. El riesgo más claro es el retraso o desvío de los suministros: las cargas llegan más tarde, aumentan los costes de seguro y transporte, y los compradores deben recurrir a orígenes más lejanos o ya comprometidos con otros clientes.
Los futuros de trigo de Chicago habían subido más de un 17% desde comienzos de julio hasta el 20 de agosto, según Reuters. El 12 de agosto, los futuros también avanzaron alrededor de un 3% tras el ataque contra Novorossiysk, mientras los operadores evaluaban la posibilidad de que los envíos rusos quedaran afectados junto con los ucranianos.
También aumentaron los precios físicos de exportación de proveedores alternativos. En su informe del 19 de agosto, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos señaló que las ofertas estadounidenses habían subido por el alza de los futuros y la mayor volatilidad vinculada a las dificultades comerciales del mar Negro. El trigo Hard Red Winter aumentó 26 dólares en un mes, hasta 321 dólares por tonelada; el Soft Red Winter subió 13 dólares, hasta 268 dólares, y el Hard Red Spring avanzó 24 dólares, hasta 301 dólares.
El trigo australiano con destino a Asia se cotizaba en torno a 315-320 dólares por tonelada el 20 de agosto. S&P Global Commodity Insights había valorado el trigo Australian Premium White en 289 dólares por tonelada el 31 de julio, 18 dólares más que al comienzo de ese mes.
Estas referencias no son directamente comparables: difieren la proteína, la calidad, el flete, el punto de entrega y las condiciones contractuales. En conjunto, sin embargo, muestran la dirección del impacto. Cuando el trigo del mar Negro es más difícil de cargar o asegurar, los compradores pagan más por alternativas fiables y, a menudo, también por transportarlas desde más lejos.
Los informes sitúan entre 2 y 2,5 millones de toneladas las compras asiáticas de trigo para el verano que se han retrasado. Una publicación estimó que ese volumen equivalía al 30%-50% de las necesidades de importación de algunos molinos, pero la evidencia disponible no permite establecer un porcentaje fiable para el conjunto de las compras asiáticas en riesgo.
Indonesia estaría buscando alternativas en Australia, Argentina y Rumanía después de que unos 600.000 toneladas contratadas en la región quedaran expuestas. Otros informes señalan también a Bangladesh, Tailandia y Vietnam entre los importadores asiáticos afectados por las interrupciones de los suministros rusos y ucranianos, aunque las fuentes disponibles no permiten calcular con precisión la dependencia actual de cada país.
La respuesta práctica es diversificar los proveedores. Los compradores miran hacia Estados Unidos, Australia, Argentina y otros orígenes. La diversificación puede evitar una escasez física inmediata, pero no elimina el impacto en los costes. Los trayectos más largos, la menor disponibilidad de buques, los seguros de riesgo de guerra y las mayores necesidades de financiación elevan el precio final de cada cargamento.
Egipto e Indonesia aparecen identificados como grandes compradores expuestos al endurecimiento de la oferta del mar Negro. Otro informe indicó que Egipto obtuvo más de cuatro quintas partes de sus importaciones de trigo de Rusia y Ucrania durante la primera mitad de 2026. Esa cifra debe entenderse como una estimación específica de ese periodo, no como una proporción permanente.
La evidencia disponible no basta para ofrecer porcentajes actuales igualmente precisos para Argelia, Bangladesh, Jordania, Tailandia o Vietnam. Estos países pueden afrontar mayores costes o retrasos, pero la exposición de cada uno depende del momento de sus compras, las existencias disponibles, la producción nacional, los contratos con proveedores y la política de adquisiciones del Gobierno.
Para los consumidores, el primer efecto normalmente no es que desaparezca de inmediato el pan de los comercios. Los Gobiernos, los molinos y los operadores comerciales pueden recurrir a inventarios, aplazar compras, cambiar de proveedor o absorber parte del aumento. La presión sería más intensa si las interrupciones se prolongaran durante varios ciclos de compra o coincidieran con menores existencias y poco margen fiscal para mantener subsidios alimentarios.
A medida que aumentaban los ataques contra buques comerciales y puertos, Kiev propuso a través de un tercero que ambas partes dejaran de atacar objetivos civiles en el mar Negro. Rusia rechazó la idea de un alto el fuego o una moratoria limitada en la zona, por lo que la navegación comercial siguió expuesta a una escalada.
Sin un acuerdo de seguridad viable, los armadores y las aseguradoras deben incorporar a cada viaje la posibilidad de daños, retrasos o abandono del cargamento. Así, incluso un puerto operativo pierde utilidad si los buques no consiguen cobertura a un precio asumible o si las tripulaciones no quieren entrar en la zona.
El principal riesgo mundial es que ambos sistemas exportadores queden afectados simultáneamente. Los puertos ucranianos están limitados por los ataques rusos y el golpe contra Novorossiysk demostró que las terminales rusas también son vulnerables. Una interrupción prolongada en ambos lados obligaría a los importadores a recurrir al grupo más reducido de proveedores alternativos justo cuando suben los costes de transporte, seguros y financiación.
Esa combinación podría encarecer el trigo, la harina y el pan con cierto retraso. La magnitud dependería de la duración de las interrupciones, de la cantidad de grano almacenada, de la capacidad de los puertos alternativos y de la rapidez con la que los compradores puedan contratar buques y seguros.
Un cierre o una perturbación grave en el estrecho de Ormuz añadiría un shock independiente sobre la energía y el transporte marítimo. El encarecimiento del combustible y de los fletes podría hacer todavía más costoso el grano de reemplazo y reducir la capacidad de los países de menores ingresos para mantener programas de alimentos subvencionados. Sin embargo, la evidencia disponible no permite calcular con precisión la inflación alimentaria ni la inseguridad alimentaria aguda resultantes: dependerían en gran medida de la duración y el alcance geográfico de la interrupción.
Los ataques en el mar Negro todavía no han provocado un déficit mundial de grano demostrado y cuantificado en toneladas perdidas. Sí han creado un shock logístico y de riesgo inmediato durante la cosecha: las exportaciones ucranianas han caído con fuerza, la capacidad de las terminales rusas también ha sufrido una interrupción temporal, las rutas alternativas no pueden reemplazar rápidamente los volúmenes marítimos y los compradores pagan más para asegurar trigo de proveedores más lejanos.
Si la interrupción es breve, los inventarios y los proveedores alternativos podrían limitar los daños. Si continúan los ataques contra puertos, buques y puntos estratégicos, el mercado afrontará un problema más persistente: trigo entregado a mayor precio, presupuestos de importación alimentaria más ajustados y una mayor vulnerabilidad para los países que dependen de las compras externas.