Estas cifras reflejan el paso comercial utilizable, no necesariamente un cierre legal formal. Una vía marítima puede seguir siendo físicamente navegable y, aun así, resultar demasiado peligrosa o incierta para los armadores por los ataques, las advertencias militares, las primas de seguro y la falta de claridad sobre las reglas de navegación.
Esa diferencia explica la aparente contradicción entre Washington, que describía Ormuz como abierto, y los datos de seguimiento marítimo, que mostraban condiciones cercanas a la parálisis.
El memorando del 17 de junio parecía ofrecer una salida temporal. Su objetivo era poner fin a las operaciones militares y abrir un periodo de 60 días para negociar una tregua permanente, con disposiciones para permitir el paso seguro de embarcaciones comerciales. Pero los ataques posteriores contra buques, junto con la reanudación de la presión militar y económica, erosionaron la confianza en el acuerdo.
Bab el-Mandeb siguió activo, aunque no quedó al margen de la crisis. Reuters registró el paso de 20 buques —12 petroleros y ocho graneleros— el 3 de agosto, con un volumen poco distinto al del día anterior. El dato contrasta claramente con el patrón de casi paralización observado en Ormuz.
Aun así, el riesgo se desplazó hacia el sur. Reuters informó de ataques separados contra embarcaciones en el golfo y en la entrada del mar Rojo mientras las negociaciones perdían impulso. CNBC señaló que un ataque hutí contra un buque de carga en Bab el-Mandeb causó seis muertos, en lo que fueron las primeras víctimas mortales reportadas en ataques contra el transporte marítimo del mar Rojo desde el inicio de la guerra.
El resultado es un problema de dos cuellos de botella, pero con condiciones operativas distintas: Ormuz se convirtió en el principal tapón para el tráfico del golfo, mientras Bab el-Mandeb siguió siendo una ruta alternativa activa, aunque amenazada. Irán también dio señales de que la puerta de entrada al mar Rojo podía convertirse en otro punto de presión mediante sus aliados hutíes, con el potencial de extender la disrupción desde el golfo hasta el mar Rojo.
La disputa combina dos cuestiones: lo que ocurre en el agua y quién tiene autoridad para decidir las condiciones de paso.
El presidente Donald Trump afirmó que Ormuz estaba abierto a la navegación y rechazó que hubiera negociaciones sustanciales con Irán. Funcionarios estadounidenses también reivindicaron el control del estrecho; según Reuters, Trump llegó a decir que Estados Unidos tenía «control total».
Irán sostuvo la posición contraria. Sus autoridades afirmaron que el estrecho permanecería cerrado hasta que Washington cumpliera condiciones como poner fin al bloqueo de los puertos, las sanciones y las amenazas militares. Un alto cargo militar iraní describió Ormuz como una vía bajo el «control y la gestión» de Irán.
Ambas versiones solo pueden coexistir con los datos observados si «abierto» y «cerrado» se entienden de maneras diferentes:
La respuesta práctica, por tanto, no era ni una reapertura normal ni un cierre hermético. Ormuz seguía siendo técnicamente transitable, pero estaba sometido a restricciones comerciales y estratégicas. Esa situación inestable dejaba cada viaje expuesto a cambios repentinos en las decisiones militares y diplomáticas.
El 17 de agosto, un alto funcionario iraní declaró a Reuters que Irán adoptaría una postura militar «plenamente ofensiva» porque los esfuerzos para negociar el final permanente de la guerra se habían estancado. La declaración llegó después de que Washington descartara prorrogar el alto el fuego temporal.
El lenguaje apunta a un cambio: de una respuesta cuidadosamente calibrada a ataques concretos hacia una campaña de coerción más amplia. Según Reuters, la estrategia de Teherán consiste en utilizar rutas comerciales, corredores marítimos e infraestructuras energéticas para elevar el coste de la confrontación y forzar concesiones estadounidenses.
Esa campaña puede combinar varias herramientas:
Los análisis sobre la conducta iraní en el conflicto describen un modelo de guerra híbrida que combina acciones militares asimétricas, operaciones cibernéticas, guerra informativa y ataques de fuerzas asociadas. La inteligencia artificial puede acelerar y ampliar algunas de esas capacidades, pero las pruebas disponibles no demuestran que todas las operaciones denunciadas utilicen IA.
El objetivo estratégico no tiene por qué ser una victoria militar convencional. Puede consistir en imponer costes simultáneos en varios frentes, hacer que la guerra resulte económicamente insostenible y convencer a Washington de que mantener la presión es más caro que llegar a un compromiso. Esta lectura coincide con los informes según los cuales Teherán considera la disrupción del comercio y de la energía una de sus principales fuentes de influencia.
Reducir la presencia de fuerzas estadounidenses vulnerables en el golfo podría limitar las oportunidades de Irán para atacar bases y personal expuestos. Pero no acabaría con el enfrentamiento. Washington podría apoyarse cada vez más en herramientas de alcance remoto, como sanciones, presión de bloqueo, recopilación de inteligencia, capacidades cibernéticas y sistemas no tripulados de precisión.
Desde la perspectiva estadounidense, esas medidas permiten mantener la presión y reducir el riesgo de desplegar más tropas al alcance de los ataques iraníes. Para Teherán, en cambio, pueden parecer una continuación de la guerra por otros medios, especialmente si amenazan el comercio, los puertos, los ingresos energéticos o la seguridad del régimen.
Irán podría responder de forma asimétrica contra buques, infraestructuras regionales, socios de Estados Unidos, redes digitales o sistemas de información. Analistas han descrito el conflicto como una disputa en la que Teherán intenta utilizar una presión calibrada —o ampliada— para obtener concesiones sin desencadenar necesariamente una respuesta que no pueda soportar.
Eso crea un círculo de retroalimentación peligroso:
Las operaciones cibernéticas y encubiertas complican aún más el control de la situación porque la atribución puede tardar o ser disputada. Un ataque contra un barco, un puerto o una instalación regional que cause muertes también podría obligar a los dirigentes a responder antes de que los canales diplomáticos aclaren lo ocurrido. La investigación sobre el conflicto describe precisamente la convergencia de la guerra cinética, cibernética, electrónica y psicológica como uno de sus rasgos definitorios.
El peligro inmediato no es necesariamente un cierre único y claramente definido, sino una interrupción prolongada. Si las navieras siguen evitando Ormuz, los cargamentos de energía podrían retrasarse, desviarse o afrontar mayores costes de seguridad y riesgo. Reuters informó de que por el estrecho puede pasar aproximadamente el 20 % de los cargamentos mundiales de petróleo y gas natural licuado, lo que ilustra la magnitud potencial de una interrupción sostenida.
El riesgo mayor es que la escalada se extienda por sistemas conectados: el transporte marítimo del golfo, las infraestructuras energéticas, las fuerzas estadounidenses, los socios regionales, las redes digitales y la ruta del mar Rojo. Un incidente marítimo con víctimas, un ciberataque atribuido erróneamente o un ataque con numerosas bajas podría acabar con el margen político para contener la crisis.
Ese desenlace no es inevitable. Pero el acuerdo del 17 de junio expiró sin resolver las disputas centrales: la presión militar, las sanciones, la autoridad sobre la navegación y las condiciones de paso. Hasta que esas cuestiones no se aborden, Ormuz probablemente seguirá siendo transitable en términos técnicos, pero disputado en términos estratégicos; Bab el-Mandeb, por su parte, continuará siendo un segundo punto de presión vulnerable.