Las cifras no significan que todo el continente vaya a arder por igual. El resultado dependerá de la evolución del clima, la vegetación, el uso del suelo y la capacidad de cada país para prevenir y controlar los fuegos.
El Mediterráneo seguirá siendo el principal punto caliente del mapa europeo. Allí, unas condiciones ya propensas a los incendios se verían agravadas por temperaturas más altas, menos humedad en el suelo y periodos de sequía más prolongados.
Pero el riesgo no quedaría limitado al sur. El estudio apunta a un aumento de la exposición en Europa occidental y central, regiones que históricamente han tenido menos experiencia con incendios de gran escala. Cuando el calor extremo coincide con la falta de agua y vientos fuertes, la vegetación pierde humedad, los combustibles se secan y las llamas pueden propagarse con mucha mayor rapidez.
Los datos más recientes muestran por qué estas proyecciones tienen relevancia inmediata. Al 19 de agosto de 2026, los incendios habían afectado a 616.202 hectáreas en Europa, frente a un promedio de 280.045 hectáreas para esa misma fecha entre 2006 y 2025. Aunque la cifra seguía por debajo de la registrada en 2025, era más del doble de la media de largo plazo.
La temporada de incendios de 2025 fue la peor registrada en la Unión Europea: 1.079.538 hectáreas quedaron arrasadas por el fuego.
El impacto económico también crece. A comienzos de agosto, las estimaciones preliminares sobre los incendios del verano de 2026 ya superaban los 15.000 millones de euros, aunque el cálculo varía según los daños y costes incluidos. Como referencia, la Comisión Europea estima que los incendios forestales provocan cada año unos 2.500 millones de euros en daños a propiedades e infraestructuras dentro de la Unión Europea, sin contar completamente las pérdidas para la salud, los ecosistemas, la agricultura, los bosques y el turismo.
La investigación también señala que una mejor gestión del fuego puede reducir de forma considerable la superficie quemada. Entre las medidas posibles están la retirada y gestión de la vegetación seca, el mantenimiento de cortafuegos y otras zonas de baja carga vegetal, la recuperación de paisajes más resistentes al fuego y la creación de espacios de protección alrededor de las poblaciones.
La educación pública y los sistemas de alerta pueden ayudar a evitar que una chispa se convierta en una emergencia mayor. La detección temprana, las brigadas locales preparadas y una capacidad suficiente de extinción terrestre y aérea permiten actuar antes y contener muchos incendios, reduciendo tanto el área afectada como los posteriores costes de reconstrucción. La Unión Europea promueve un enfoque integrado de gestión del riesgo y una administración sostenible de los combustibles vegetales.
Sin embargo, los investigadores advierten que la gestión forestal y los medios de extinción no bastarán por sí solos. Cuando coinciden calor extremo, sequedad intensa y viento, los incendios pueden avanzar con una velocidad, intensidad y extensión superiores a las previstas por sistemas basados en el clima histórico.
Por eso, la respuesta debe avanzar en dos frentes. Europa necesita reforzar desde ahora la prevención, la preparación local, la vigilancia y la coordinación de emergencias. Al mismo tiempo, debe reducir rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero para frenar el deterioro de las condiciones meteorológicas que favorecen los incendios.
La conclusión del estudio no es que la prevención sea inútil, sino que tiene un alcance limitado: puede evitar que muchas igniciones se conviertan en desastres, pero no puede compensar por completo un calentamiento sin control.