Los lanzamientos ocurrieron cuando Ulchi Freedom Shield ya estaba en marcha. Seúl los condenó como una grave amenaza para la seguridad, convocó una reunión de emergencia con funcionarios presidenciales, militares y de Defensa, y ordenó a sus Fuerzas Armadas mantener el máximo nivel de preparación. También reforzó la vigilancia ante la posibilidad de nuevos lanzamientos.
El Ministerio de Defensa de Japón detectó por separado varios lanzamientos y analizó la información de vuelo junto con Corea del Sur y Estados Unidos. Como los misiles fueron dirigidos hacia el mar del Este —denominado también mar de Japón—, el episodio se convirtió de inmediato en un asunto de seguridad regional, aunque los proyectiles cayeron al mar.
Corea del Norte suele presentar las maniobras militares entre Estados Unidos y Corea del Sur como ensayos para una invasión. En esta ocasión, la secuencia reforzó esa lectura: hubo una prueba el 6 de agosto, otro lanzamiento balístico el 12, el inicio de Ulchi Freedom Shield el 17 y la andanada de mayor escala el 20 de agosto. Analistas describieron el lanzamiento del 12 de agosto como una probable protesta contra los ejercicios y, al mismo tiempo, como un posible intento de mejorar las capacidades de sus misiles.
Las propias maniobras ya habían sido reducidas después de que Trump ordenara al Pentágono “reducir sustancialmente” los ejercicios conjuntos con Corea del Sur. El presidente argumentó que eran costosos y que transmitían a Corea del Norte una señal “inapropiada y hostil”.
Posteriormente, los aliados acortaron Ulchi Freedom Shield de los 11 días previstos a cinco, hasta el 21 de agosto, y limitaron parte del entrenamiento sobre el terreno. La concesión no produjo una disminución visible de la actividad militar norcoreana. Por el contrario, la mayor salva de misiles llegó cuando las maniobras reducidas se acercaban a su final.
Trump presentó la reducción de los ejercicios como parte de un esfuerzo más amplio para reabrir el contacto con Kim Jong-un. El mandatario invocó su “muy buena relación” con el líder norcoreano y sostuvo que las maniobras enviaban una señal innecesariamente hostil.
El 17 de agosto, Trump dijo que Kim había respondido a sus gestiones y describió el intercambio como positivo, pero no aportó detalles. Corea del Norte tampoco confirmó de inmediato esa versión. Dos días después, Trump afirmó que planeaba reunirse con Kim más adelante en 2026.
La versión fue cuestionada por Kim Yo-jong, hermana de Kim Jong-un y una de las principales figuras del régimen norcoreano. Dijo que desconocía cualquier comunicación reciente entre ambos líderes y sostuvo que Washington continuaba aplicando una política hostil hacia Pyongyang.
Por eso, los lanzamientos transmitieron un mensaje diplomático además de militar: reducir los ejercicios y manifestar públicamente la disposición a reunirse con Kim no bastó para que Corea del Norte frenara su actividad armamentística ni reconociera que se hubiera abierto una nueva etapa de diálogo.
Kim Yo-jong también descartó que acortar los ejercicios hubiera cambiado su naturaleza. La posición norcoreana es que las maniobras seguían siendo “provocadoras y agresivas” aunque se hubieran reducido su duración y alcance.
Su respuesta reflejó una diferencia más profunda sobre el punto de partida de cualquier negociación. El enfoque declarado de Washington continúa centrado en la desnuclearización de Corea del Norte, mientras Pyongyang busca que se reconozca su condición nuclear antes de entrar en conversaciones sustantivas. Los analistas citados en los reportes, por tanto, ven pocos incentivos para que Kim acepte la propuesta de Trump si Estados Unidos no modifica esa premisa básica.
Para Corea del Norte, su programa nuclear no es simplemente una ficha de negociación que pueda entregar a cambio de una primera reunión. Es un elemento central de la seguridad y de la posición negociadora del régimen. Eso hace posible imaginar una cumbre, pero no resuelve el desacuerdo principal que ha bloqueado las conversaciones significativas.
La última andanada estuvo precedida por dos lanzamientos que Corea del Norte no reconoció públicamente. El silencio fue inusual y alimentó las especulaciones de que Pyongyang podría estar probando capacidades que todavía no quería describir ni exhibir.
El misil del 12 de agosto fue lanzado desde la zona de Wonsan y recorrió más de 700 kilómetros. Informaciones japonesas situaron su altitud máxima en unos 90 kilómetros, mientras Corea del Sur calculó que el alcance superó los 700 kilómetros.
La combinación de una distancia considerable y un apogeo relativamente bajo llevó a los analistas a considerar varias posibilidades: un misil balístico de corto alcance con capacidad de maniobra o de tipo hipersónico, o un arma de mayor alcance lanzada siguiendo una trayectoria deprimida. El modelo exacto del misil no ha sido confirmado y las autoridades surcoreanas y estadounidenses continuaban examinando sus características.
Las pruebas sugieren que la actividad de agosto no fue únicamente una puesta en escena política. Corea del Norte también pudo estar aprovechando el periodo previo y coincidente con Ulchi Freedom Shield para validar el rendimiento de sus misiles y mejorar la capacidad de supervivencia de sistemas diseñados para complicar las defensas regionales.
La secuencia inmediata resulta reveladora: Washington redujo la escala de unas maniobras militares importantes, Trump describió a Corea del Norte como relativamente poco amenazante y promovió públicamente un nuevo contacto entre líderes. Aun así, Pyongyang rechazó la concesión sobre los ejercicios, puso en duda la existencia de comunicaciones recientes y lanzó una importante salva de misiles de corto alcance.
Esto no demuestra que la diplomacia sea imposible. Sí muestra que ambas partes parten de supuestos incompatibles. Estados Unidos continúa planteando las negociaciones alrededor de la desnuclearización, mientras Corea del Norte quiere que su condición de Estado con armas nucleares sea tratada como una realidad y no como el principal asunto sobre el que debe hacer concesiones.
A corto plazo, es probable que se mantenga una combinación de señales diplomáticas limitadas y provocaciones calculadas: pruebas de misiles para demostrar nuevas capacidades, declaraciones destinadas a presionar a Washington y Seúl, y aperturas selectivas que aumenten el margen de maniobra de Pyongyang sin obligarlo a renunciar a su programa nuclear.
La última andanada no fue solo una respuesta a unos ejercicios militares. Fue una advertencia de que la fórmula preferida por Trump —contacto personal acompañado de una reducción de las maniobras aliadas— todavía no ha cambiado el cálculo estratégico de Pyongyang.