El riesgo aumenta cuando la vegetación pierde humedad y la atmósfera permite que las llamas avancen con rapidez. Temperaturas más altas, sequías prolongadas, baja humedad y episodios de viento fuerte pueden convertir una pequeña ignición en un incendio difícil de contener.
Aun así, el aumento del 39% o del 192% no debe interpretarse como si una sola variable determinara el resultado ni como si todas las regiones fueran a experimentar la misma evolución. La vegetación local, los patrones de ignición, el uso del suelo y la capacidad de respuesta de los servicios de emergencia también influyen en la superficie que finalmente arde.
El estudio concluye que seguir mejorando la capacidad de gestión de incendios podría moderar sustancialmente el aumento proyectado. En los resultados modelizados, esas mejoras redujeron la superficie quemada entre aproximadamente un 72% y un 92% frente a escenarios sin avances equivalentes. Sin embargo, con un cambio climático intenso, la actividad del fuego todavía aumentaría en alrededor del 55% de las regiones europeas propensas a incendios si la inversión en gestión se mantiene en los niveles actuales.
Entre las medidas con potencial se encuentran:
Estas medidas pueden reducir la exposición y evitar que algunas igniciones se conviertan en grandes incendios. Pero tienen límites: una combinación de combustible excepcionalmente seco y viento fuerte puede desbordar los esfuerzos de extinción incluso cuando hay aviones, bomberos y sistemas de detección disponibles.
La gestión de incendios reduce las consecuencias; no elimina las condiciones climáticas que hacen más probables los fuegos extremos.
La temporada europea de 2026 ilustra la dimensión actual del problema, aunque no demuestra que las proyecciones para finales de siglo ya se hayan materializado.
El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea registró 606.327 hectáreas quemadas en la Unión Europea hasta el 18 de agosto de 2026. La cifra era inferior a las 957.510 hectáreas registradas en la misma fecha de 2025, pero superaba ampliamente la media de 243.189 hectáreas del periodo 2006-2025.
La temporada también mostró la expansión geográfica del riesgo. Los incendios afectaron, entre otros países, a Francia, España y Grecia. En Bélgica, un fuego en las Hautes Fagnes —los Altos Valles— quemó unas 3.000 hectáreas y fue descrito por Reuters como el mayor incendio forestal registrado en el país. Para el 19 de agosto, ocho países habían activado el Mecanismo de Protección Civil de la UE para solicitar ayuda frente a los incendios.
Las informaciones publicadas durante la temporada también hablaban de más de 20 muertes y de cientos de miles de evacuaciones, incluidas más de 300.000 personas desplazadas en Francia y España. Son cifras sensibles a la fecha y al ámbito geográfico de cada recuento, por lo que no deben compararse directamente con los promedios anuales de superficie quemada del estudio.
La relación con la investigación es, por tanto, indicativa y no determinista: los incendios de 2026 son compatibles con una Europa en la que las condiciones extremas tienen consecuencias cada vez mayores y afectan a más territorios, pero una sola temporada no puede validar ni atribuir proyecciones hasta 2100.
La estrategia de incendios forestales de la UE se articula en cuatro etapas conectadas: prevención, preparación, respuesta y recuperación. También promueve medidas basadas en los ecosistemas para crear paisajes más resistentes al fuego.
Este enfoque responde a los límites y costes de un modelo centrado casi exclusivamente en reaccionar cuando las llamas ya han comenzado. Investigaciones citadas por instituciones europeas estiman que cada euro invertido en prevención puede ahorrar aproximadamente entre 4 y 7 euros en costes de respuesta y recuperación. Se trata de una estimación agregada, no de un retorno garantizado para todos los proyectos: el resultado depende del lugar y de la forma en que se invierta el dinero.
Las fuentes disponibles no demuestran que 2.100 millones de euros sean la cifra exacta de inversión de la UE en gestión de incendios vinculada a este estudio o a esta estrategia. Para evaluar esa cantidad habría que precisar el periodo de financiación, si incluye el gasto nacional y qué programas de prevención o respuesta se contabilizan.
El estudio respalda una respuesta en dos frentes. Europa debe acelerar la reducción de emisiones para evitar la trayectoria mucho más peligrosa del escenario de altas emisiones y, al mismo tiempo, invertir desde ahora en prevención, resiliencia del paisaje, detección y preparación de los servicios de emergencia.
Incluso con bajas emisiones, el riesgo de incendios podría aumentar entre 2070 y 2100. Eso hace urgente la adaptación, pero no convierte la mitigación en algo opcional. La estrategia más sólida consiste en reducir la presión climática que alimenta un tiempo meteorológico cada vez más peligroso y mejorar la capacidad de las comunidades y los ecosistemas para resistir los incendios que la prevención no consiga evitar.