Los cultivos de verano también han sufrido por la pérdida de humedad del suelo, un crecimiento más débil de la biomasa y problemas durante la floración. Un análisis de Reuters situó en julio las pérdidas estimadas de maíz y girasol entre el 6% y el 7%. Como son cálculos realizados durante la campaña, no deben confundirse con los resultados finales de la cosecha.
La situación es especialmente grave en Reino Unido. Casi tres cuartas partes de Inglaterra estaban oficialmente en sequía después de una temporada de cultivo excepcionalmente calurosa y seca. El escaso crecimiento de los pastos está presionando a las explotaciones ganaderas y lácteas, mientras la cosecha de cereales del país se encamina a ser la peor desde que existen registros comparables, en 1984.
Una menor cosecha no se traduce automáticamente en una subida idéntica de los precios en el supermercado. El precio final también depende de las importaciones, las existencias, la energía, el transporte, la transformación y las decisiones de los distribuidores.
Aun así, la presión alcista es clara: cuando se recoge menos producto, agricultores y procesadores tienen menos mercancía disponible y pueden verse obligados a buscar sustitutos más caros.
Los productores británicos también han advertido de que el calor y la sequía están reduciendo el tamaño y la calidad de algunas frutas y hortalizas. Eso puede elevar el coste por unidad vendible y generar una forma de «shrinkflation» o reducción encubierta de la cantidad: el consumidor recibe piezas más pequeñas sin que necesariamente vea una subida evidente en la etiqueta.
Las primeras estimaciones sitúan en hasta 2.300 millones de euros las pérdidas combinadas de agricultores de la UE y Reino Unido por cultivos dañados. Es una estimación inicial, no un total final auditado, pero ilustra el golpe inmediato a los ingresos de los productores.
Los ríos europeos conectan explotaciones agrícolas, puertos, centrales eléctricas y grandes zonas industriales. En agosto, el Loira, el Po, el Rin y el Danubio alcanzaron niveles récord de bajos. Según el seguimiento europeo, alrededor de la mitad de la UE y Reino Unido se encontraba bajo algún nivel de sequía.
Cuando baja el nivel del agua, las barcazas deben transportar menos carga. Esto puede retrasar o desviar envíos de productos químicos, combustibles, cereales y otros insumos industriales, elevando los costes de transporte y presionando a las empresas que dependen de las vías navegables. Reuters informó de que el volumen de mercancías entre Rotterdam y el Rin estaba alrededor de un 10% por debajo de lo normal a finales de julio.
El Rin es especialmente importante para el núcleo industrial alemán y para sus conexiones con los puertos del mar del Norte. El riesgo no consiste solo en que un envío llegue tarde: si los niveles bajos persisten, las compañías pueden verse obligadas a trasladar mercancías a la carretera o al ferrocarril, competir por una capacidad alternativa limitada y aumentar sus inventarios.
La misma escasez de agua que limita la navegación puede afectar a la generación eléctrica. Algunos reactores nucleares y centrales térmicas utilizan los ríos para refrigerar sus equipos, mientras que los caudales bajos reducen la producción hidroeléctrica.
La combinación puede aumentar la presión sobre la red y encarecer la electricidad de sustitución. El efecto concreto depende de cada país y de la disponibilidad de importaciones, gas y otras fuentes de generación.
Rumanía ya ha mostrado esa vulnerabilidad. Nuclearelectrica comenzó a desconectar de la red su único reactor operativo porque el nivel récord de bajos del Danubio amenazaba el agua necesaria para refrigerar sus equipos, según CNN. También se han descrito recortes en la generación nuclear de Francia y Hungría relacionados con los bajos niveles de los ríos y las altas temperaturas, aunque la magnitud exacta depende de los datos oficiales y de cada central.
La exposición al calor eleva los riesgos para las personas mayores, quienes trabajan al aire libre y quienes padecen enfermedades cardiovasculares o respiratorias. La sequía añade presión al secar la vegetación, favorecer los incendios forestales y aumentar la exposición al humo.
El seguimiento de la UE registró incendios extraordinarios junto con el empeoramiento de la sequía, mientras que en julio el 50% de la UE y Reino Unido se encontraba bajo algún nivel de sequía.
Por ahora no existe en el material disponible una estimación consolidada y fiable de las muertes adicionales provocadas por la temporada de 2026. Por tanto, es más preciso hablar de un empeoramiento de la carga sanitaria que atribuirle una cifra definitiva de fallecimientos.
Este verano está dejando al descubierto vulnerabilidades que ya existían. La Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que el estrés hídrico afecta cada año a cerca del 30% del territorio europeo y al 34% de su población, especialmente en el sur de Europa y en las zonas densamente pobladas.
Las proyecciones a largo plazo varían según las emisiones, las precipitaciones, el uso del agua y las medidas de adaptación. La evidencia disponible respalda una conclusión general, no una única previsión exacta: sin reducir las emisiones y reforzar la adaptación, las pérdidas por sequía serán más frecuentes y costosas.
Un estudio del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea calcula que los impactos económicos de las sequías podrían superar los 65.000 millones de euros anuales en 2100 si no se aplican medidas eficaces de mitigación y adaptación.
La respuesta empresarial está dejando de centrarse únicamente en las compras de emergencia. La agricultura climáticamente resiliente busca mantener la viabilidad de las explotaciones reduciendo la dependencia de insumos vulnerables y restaurando las funciones del suelo, el agua y los ecosistemas. La Agencia Europea de Medio Ambiente la describe como una estrategia económica para estabilizar los ingresos agrícolas y la producción de alimentos frente al aumento del riesgo climático.
Para las compañías alimentarias, las medidas pueden incluir colaborar con los agricultores en la gestión del suelo y el agua, diversificar las regiones de abastecimiento, mejorar la eficiencia hídrica y apoyar cultivos o sistemas de producción más adecuados para condiciones cálidas y secas.
Nestlé, por ejemplo, define la agricultura regenerativa como un enfoque destinado a conservar y restaurar el suelo, el agua y la biodiversidad, al tiempo que respalda los medios de vida de los agricultores.
Estas medidas no pueden eliminar los efectos de una temporada extrema. Sí pueden reducir la probabilidad de que una misma sequía se convierta a la vez en una crisis de ingresos agrícolas, una interrupción del transporte, un déficit eléctrico y una emergencia sanitaria.
El calor y la sequía de 2026 están revelando hasta qué punto los sistemas europeos dependen del agua. El daño económico se extiende por la productividad, las cosechas, el suministro de alimentos, la logística fluvial, la producción industrial, la generación eléctrica y la salud.
No son acontecimientos separados, sino partes de un mismo shock conectado. Por eso la adaptación se ha convertido en una necesidad económica: una agricultura más resistente, una mejor gestión del agua, lugares de trabajo seguros frente al calor, sistemas eléctricos flexibles y redes logísticas menos dependientes de los ríos navegables determinarán cuánto costará la próxima sequía.