Reuters contabilizó inicialmente al menos 20 instalaciones atacadas en menos de tres semanas. Informes posteriores y evaluaciones ucranianas elevaron el número a 25 o más. Uno de los golpes más importantes llegó a mediados de agosto, cuando un incendio alcanzó el complejo de Koledino, cerca de Podolsk y al sur de Moscú. El centro, considerado el mayor almacén de Wildberries, tiene una superficie estimada de unos 250.000 metros cuadrados.
El efecto acumulado sobre la red ha sido considerable. Un análisis de imágenes satelitales de Reuters estimó que al menos 1,18 millones de metros cuadrados de espacio de almacenamiento habían sido dañados o destruidos: más de una quinta parte de la capacidad de la compañía. Se trata de una estimación, no de una cifra verificada mediante una auditoría independiente.
Un indicador operativo más concreto es la afirmación de Ucrania de que siete de los diez mayores centros logísticos de Wildberries quedaron inutilizados. Moscú rechazó la acusación de que la red de la empresa funcionara como infraestructura logística militar.
La repetición de ataques exitosos contra almacenes comerciales dispersos por un territorio enorme —incluido un centro próximo a Moscú y otro en los Urales— sugiere que la defensa aérea y la guerra electrónica rusas no pueden proteger todos los nodos económicos de alto valor frente a campañas masivas y sostenidas de drones.
Eso no demuestra, por sí solo, un colapso total de las defensas rusas. Durante algunas de las incursiones más grandes, las autoridades afirmaron haber interceptado cientos de drones. Pero la capacidad de los atacantes para alcanzar instalaciones relevantes, provocar incendios y forzar interrupciones muestra los límites de esa protección cuando los objetivos están repartidos por todo el país.
Wildberries es, ante todo, un mercado civil: vende ropa, productos electrónicos, alimentos y artículos para el hogar. Por eso, los ataques han destruido mercancía de pequeños comerciantes y han provocado retrasos o restricciones en las entregas.
Al mismo tiempo, la plataforma promocionaba abiertamente equipamiento relacionado con la SVO. Ucrania sostiene además que la cadena logística de Wildberries ha servido para mover componentes de doble uso sujetos a sanciones, relevantes para la fabricación de drones y equipos de navegación. El Kremlin niega esa acusación y no hay pruebas suficientes de que Wildberries esté integrada formalmente y de manera sistemática en la cadena de suministro del Ministerio de Defensa ruso.
El caso ilustra, no obstante, cómo las redes comerciales civiles pueden quedar entrelazadas con las compras militares y con la economía de guerra: un almacén diseñado para distribuir pedidos de consumidores también puede concentrar productos adquiridos por voluntarios, vendedores y grupos que apoyan a las fuerzas armadas.
Las consecuencias no se limitaron a Rusia. Fabricantes de ropa de Kirguistán tenían mercancía almacenada en los centros de Elektrostal y Kotovsk cuando fueron atacados. Los daños provocaron pérdidas y dificultaron el acceso de esos negocios al mercado ruso.
La vulnerabilidad de Wildberries —que concentra grandes volúmenes de mercancía en almacenes de gran tamaño— ha reforzado los argumentos a favor de diversificar su red de distribución. Kirguistán propuso albergar parte de la infraestructura logística de la empresa, con la idea de repartir el riesgo entre varios emplazamientos.
También se han mencionado planes para ampliar la capacidad en Kazajistán, especialmente en Almaty y Astaná. El objetivo sería reducir la dependencia de los grandes centros situados dentro de Rusia y mantener abiertas las rutas de distribución hacia sus vendedores y consumidores.
La dimensión humana también se hizo visible. El Ministerio de Exteriores de Kirguistán pidió a sus ciudadanos en Rusia, en particular a quienes trabajan en almacenes, que extremaran las precauciones tras la ola de ataques. La advertencia llegó después de reportes sobre dos ciudadanos kirguisos heridos.
Así, una campaña dirigida contra una empresa de comercio electrónico se ha convertido en un problema que afecta a consumidores rusos, comerciantes extranjeros, trabajadores migrantes y a la arquitectura comercial de toda Asia Central.