Los ataques no solo han provocado incendios o paradas temporales. También han dañado unidades especializadas cuya reparación puede ser lenta y costosa. La refinería Orsknefteorgsintez, golpeada por un dron el 11 de agosto, detuvo por completo el procesamiento. Las autoridades regionales advirtieron de que las reparaciones podrían tardar hasta seis meses.
El problema se agrava porque las sanciones y los controles de exportación complican la compra de equipos y componentes extranjeros. Así, una planta puede permanecer fuera de servicio mucho después de que se haya extinguido el incendio inicial.
La menor producción ha dejado consecuencias visibles para los conductores rusos: falta de gasolina, largas colas, precios más altos y límites a las ventas en varias regiones. El 17 de agosto, las autoridades habían vuelto a endurecer los controles sobre la venta minorista de combustible en al menos diez regiones.
Moscú ha respondido con varias medidas de emergencia. Ha restringido las exportaciones de productos refinados —incluido el diésel en determinados momentos— para reservar combustible para el mercado nacional. También ha permitido producir, para uso interno, combustibles con especificaciones medioambientales menos exigentes y ha buscado más suministros por ferrocarril desde Bielorrusia y Kazajistán.
Estas medidas pueden aliviar una escasez local, pero no recuperan la capacidad de procesamiento perdida.
El episodio también muestra por qué el mercado energético atraviesa una tensión particular. El problema no es únicamente cuánto crudo existe, sino cuánta capacidad queda disponible para convertirlo en gasolina, diésel y combustible de aviación.
Las pérdidas de capacidad en Rusia coinciden con las interrupciones relacionadas con la guerra entre Irán y Estados Unidos: el tráfico de crudo por el estrecho de Ormuz se ha visto limitado y varias refinerías de Oriente Medio han sufrido daños o han quedado parcial o totalmente fuera de servicio. Al mismo tiempo, las existencias mundiales están cerca de mínimos de varios años y la demanda agrícola de diésel es especialmente intensa por la temporada de siembra y cosecha.
Reuters informó de que los ataques vinculados con las guerras de Ucrania e Irán habían dejado fuera de servicio cerca del 9 % de la capacidad mundial de refinación en los meses recientes.
Una señal de esa presión apareció el 17 de agosto: el llamado diesel crack estadounidense alcanzó un récord de 102,20 dólares por barril. Este indicador mide la diferencia entre el precio del diésel y el del crudo, y sirve para estimar el valor de transformar petróleo en diésel. No significa que el precio que paga el consumidor por un litro de diésel haya aumentado en 100 dólares.
La llegada de gasolina desde India respalda varias conclusiones: la disponibilidad de productos refinados rusos ha caído, la capacidad exportadora se ha reducido y Moscú está recurriendo a importaciones y restricciones internas para cubrir el déficit. También confirma el papel de los intermediarios en el comercio de combustibles procedentes de empresas vinculadas con Rusia.
Pero la evidencia disponible no basta para afirmar que la producción de las refinerías rusas haya alcanzado un mínimo histórico, ni para validar cifras concretas sobre la caída de las ventas de gasolina en San Petersburgo o de las exportaciones de productos refinados. Tampoco demuestra por sí sola que la escasez haya provocado un descenso cuantificable en la aprobación del presidente Vladímir Putin. Para establecer esa relación harían falta encuestas independientes y un análisis causal sólido.
Lo que sí resulta difícil de ignorar es el cambio de dirección del flujo comercial: los ataques ucranianos han obligado a Rusia, uno de los grandes productores de petróleo del mundo, a importar gasolina para mantener abastecido su propio mercado.