Las restricciones más claras documentadas durante esta segunda ola fueron las siguientes:
Los reportes muestran una disrupción extendida por buena parte del país, pero “nacional” no significa que todos los conductores rusos se quedaran sin combustible al mismo tiempo. La situación variaba mucho según la región, el tipo de gasolina y la estación de servicio. Informaciones anteriores habían detectado problemas en casi todas las regiones rusas y en sus once zonas horarias, pero no existe un recuento fiable publicado de cuántas personas no pudieron comprar gasolina.
El cierre renovado mejor documentado fue el de Orsknefteorgsintez, en la región de Orenburg. Después del ataque con drones del 11 de agosto y de un incendio posterior, la planta dejó de procesar crudo. Las autoridades regionales afirmaron que la refinería había cerrado por completo y que las reparaciones podían tardar hasta seis meses, en parte porque los equipos dañados eran importados y las sanciones podían complicar su sustitución.
El cierre de Orsk se sumó a interrupciones anteriores en grandes instalaciones. Reuters informó en julio de que los daños habían detenido las operaciones en varias refinerías importantes, entre ellas NORSI y Omsk, dos de los mayores productores de gasolina de Rusia.
Las estimaciones sobre la capacidad total afectada variaron según la fuente y el momento del cálculo, pero distintos informes situaron la disrupción general por encima de un tercio de la capacidad de refino rusa. A comienzos de julio, la producción de gasolina equivalía a aproximadamente el 65 % del consumo estacional medio, mientras que la producción de diésel se situaba más o menos al nivel de la demanda interna.
Estas cifras describen el efecto acumulado de la campaña de ataques con drones. No permiten medir con precisión cuánta capacidad adicional se perdió únicamente durante los ataques de finales de julio y principios de agosto. La diferencia es importante: los daños, las labores de mantenimiento, la demanda estacional y los problemas de distribución pueden solaparse, por lo que cualquier cálculo de las pérdidas incrementales está sujeto a incertidumbre.
Rusia seguía produciendo crudo. Sin embargo, el crudo no puede bombearse directamente al depósito de un automóvil: primero debe procesarse en una refinería para convertirse en gasolina o diésel y después transportarse a las regiones donde aumenta la demanda.
Por eso Moscú empezó a buscar gasolina terminada en el extranjero. Se recibieron o negociaron suministros procedentes de Bielorrusia, Kazajistán, India y Marruecos, mediante rutas ferroviarias y marítimas. Según Reuters y los datos de transporte marítimo, al menos un cargamento de gasolina india había entrado en el mercado interno ruso a mediados de agosto.
Rusia también importó cerca de 30.000 toneladas métricas de gasolina AI-92 desde Marruecos. El cargamento fue embarcado en Tánger y descargado en Múrmansk, una muestra de la distancia que Moscú estaba dispuesto a cubrir para reemplazar la producción nacional perdida.
El giro comercial resultó especialmente llamativo en el caso de India. Empresas energéticas rusas pidieron más gasolina a las refinerías indias después de que los ataques eliminaran una parte significativa de la capacidad de refino rusa. A comienzos de julio, al menos 60.000 toneladas habían sido enviadas desde India, y el primer cargamento conocido llegó a Rusia en agosto.
El flujo inusual —crudo ruso que seguía llegando a los mercados internacionales mientras compradores rusos importaban gasolina refinada desde India— dejó clara la diferencia entre una crisis petrolera y una crisis de refino. Rusia tenía hidrocarburos, pero no suficiente capacidad operativa, ubicada en los lugares adecuados, para convertirlos en los productos que necesitaba su mercado interno.
Algunos informes describieron la gasolina india suministrada por Nayara Energy, una refinería vinculada a la rusa Rosneft, como un producto que podría haber sido elaborado con crudo ruso. Pero las pruebas disponibles no demuestran que todos los cargamentos importados por Rusia se hubieran producido con petróleo ruso. La conclusión más sólida es que el comercio expuso un cuello de botella de procesamiento: Rusia seguía exportando o conservando crudo mientras compraba combustible terminado porque la capacidad de refino y la distribución interna se habían convertido en las principales limitaciones.
La respuesta del Kremlin combinó controles de oferta, gestión de la demanda y apoyo financiero. Entre las medidas informadas estuvieron:
El 30 de julio, Rusia prorrogó sus prohibiciones de exportar gasolina y diésel hasta el 31 de enero de 2027. Por tanto, la política ya se extendía más allá de finales de 2026; a 18 de agosto no era posible ofrecer un balance verificado de medidas aplicadas “hasta finales de 2026”.
Las restricciones a la exportación podían reservar más combustible para los conductores rusos, pero no reparaban de inmediato las refinerías. También trasladaban el coste de la crisis: Rusia renunciaba a ventas y divisas en el exterior mientras pagaba importaciones, subsidios y una logística de emergencia.
Los datos reflejaron la misma división estructural. Las exportaciones marítimas rusas de productos petrolíferos refinados descendieron a 1,18 millones de barriles diarios en julio, frente a 1,51 millones en junio. Fue el nivel más bajo en al menos una década dentro de la serie citada. Las exportaciones de crudo, en cambio, se mantuvieron elevadas, aunque retrocedieron desde el máximo de junio.
Al mismo tiempo, los suministros de gasolina y diésel desde Bielorrusia alcanzaron en julio un récord mensual. En conjunto, estas tendencias indican que Rusia estaba priorizando el abastecimiento interno e importando productos sustitutivos mientras seguía obteniendo ingresos del crudo.
La estrategia podía ganar tiempo, pero no sustituía el volumen de procesamiento de las refinerías. La gasolina importada debía recorrer grandes distancias, competir con precios internos controlados y llegar a las regiones donde la escasez era más grave. El sistema quedaba así expuesto a nuevos ataques o a cualquier interrupción adicional del transporte.
Hay señales de presión política, pero no pruebas suficientes para atribuir un cambio concreto en las encuestas a la escasez de combustible. Una medición de julio de Levada citada por la BBC situó la aprobación de Vladímir Putin en torno al 74 %, una cifra descrita como un descenso. El mismo informe señaló que la proporción de encuestados que creía que Rusia avanzaba en la dirección correcta había bajado del 61 % en mayo al 52 %.
Otros informes mencionaron un porcentaje menor, pero las fuentes disponibles no ofrecen una serie coherente y explicada de forma independiente que permita aislar el efecto de la crisis de combustible. La conclusión prudente es que la escasez generó fricciones internas visibles —colas, racionamiento, presión sobre los precios e intervención oficial— sin demostrar un cambio duradero en la posición política de Putin.
El impacto sobre la capacidad rusa de financiar la guerra también es difícil de cuantificar. La caída de las exportaciones de productos refinados, los costes de reparación, las facturas de importación y los subsidios al combustible pueden reducir los ingresos disponibles o aumentar el gasto estatal. Pero la continuidad de las exportaciones de crudo y el breve periodo cubierto por los informes no bastan para afirmar que la segunda crisis debilitara de forma sustancial la capacidad del Kremlin para sostener su esfuerzo bélico.
La segunda ola mostró los límites de la redistribución de emergencia. Moscú podía mover combustible, frenar las exportaciones y comprar gasolina terminada en el extranjero, pero esas medidas trataban los síntomas, no reparaban la base industrial dañada.
La lección central es sencilla: la vulnerabilidad rusa no nació de quedarse sin petróleo, sino de perder suficiente capacidad de refino como para que un repunte estacional de la demanda transformara interrupciones locales en un problema nacional de abastecimiento. El cierre de Orsk, el regreso del racionamiento y el insólito flujo de gasolina desde India hacia Rusia apuntaron a la misma limitación: un exportador de petróleo obligado cada vez más a competir por los productos refinados que antes suministraba a otros países.