Los ataques contra dos buques de ADNOC, el estancamiento de las conversaciones sobre un alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, la amenaza de mantener indefinidamente el bloqueo naval y la posibilidad de nuevas medidas de “aislamiento económico” contra Teherán hicieron menos probable una solución rápida. La reanudación de los ataques israelíes contra Líbano y la proximidad del vencimiento del alto el fuego añadieron incertidumbre regional.
Para las refinerías, los operadores y los inversores, el problema no era únicamente cuánto suministro podía perderse, sino durante cuánto tiempo. La posibilidad de una interrupción prolongada incentivó la compra de crudo para entrega inmediata y elevó los precios, incluso sin la certeza de que se materializara el peor escenario.
Una operación con drones ucranianos que interrumpió las exportaciones rusas de crudo desde Novorossiysk amplió la preocupación a otras rutas. El incidente reforzó el temor a que varias interrupciones simultáneas estrecharan el mercado marítimo mundial de petróleo.
Ese riesgo es especialmente relevante para los compradores europeos, más expuestos a suministros cuyos precios están vinculados al Brent. En un mercado ya tensionado por las dificultades en Ormuz, cualquier pérdida adicional de capacidad exportadora puede tener un efecto desproporcionado sobre las cotizaciones.
La escalada, sin embargo, no desembocó en un aumento descontrolado. Los inventarios comerciales de crudo en Estados Unidos crecieron en 17,4 millones de barriles, frente a las expectativas de una reducción. El incremento sugirió que, al menos en el corto plazo, el mercado estadounidense no sufría una escasez física aguda.
También pesaron las revisiones a la baja de las previsiones de consumo. La OPEP recortó por cuarta vez consecutiva su estimación de crecimiento de la demanda mundial de petróleo en 2026, hasta 580.000 barriles diarios. La AIE fue aún más pesimista y calculó que el consumo global podría contraerse en 1,6 millones de barriles diarios, a medida que los combustibles más caros y el conflicto debiliten la actividad económica.
Estas previsiones apuntan a un mecanismo de compensación: el temor a perder barriles impulsa los precios, pero los precios elevados y un crecimiento más débil reducen el consumo. Esa destrucción de demanda puede absorber parte del impacto de la oferta restringida.
En conjunto, el crudo quedó atrapado entre dos fuerzas opuestas. Por un lado, una prima geopolítica inusualmente alta por la vulnerabilidad de Ormuz, los ataques a buques y las interrupciones de las exportaciones. Por otro, señales de que el mercado físico estadounidense estaba bien abastecido y de que el consumo mundial podía debilitarse.
El resultado fue una subida semanal contundente —hasta 88,52 dólares el Brent y 82,40 dólares el WTI—, pero no una escalada sin límite. Mientras no se confirme una interrupción mayor y sostenida del suministro, los datos de inventarios y las previsiones de menor demanda seguirán actuando como freno frente al riesgo geopolítico.