La operación se ejecutó bajo un marco legal acordado previamente. El Ministerio de Finanzas de Japón señaló que la intervención se realizó "de conformidad con la 'Declaración Conjunta de los Ministros de Finanzas de Japón y EE. UU.'" emitida en septiembre de 2025, con el objetivo de abordar "la reciente volatilidad excesiva y los movimientos desordenados del yen" .
En cuanto a la magnitud de la intervención, las notas personales del secretario Bessent de una reunión del gabinete del viernes incluían una tarea pendiente: "Comprar yenes japoneses (JPY) por valor de 5.000 a 10.000 millones de dólares" . El desembolso real de Japón fue mucho mayor. Un análisis de Bloomberg sobre las cuentas del banco central indicó que las autoridades japonesas probablemente gastaron alrededor de 34.000 millones de dólares solo el 31 de julio . La operación marcó la primera intervención directa de Washington para comprar yenes en más de una década . El presidente Donald Trump describió la medida como "una señal de amistad" y dijo que EE. UU. actuó en interés de la estabilidad económica mundial .
EE. UU. tenía un interés propio inusualmente fuerte para unirse a la intervención. Japón es el mayor tenedor extranjero de deuda pública estadounidense, con más de 1 billón de dólares en bonos del Tesoro de EE. UU. . Si Japón hubiera intentado una defensa unilateral sostenida del yen, habría tenido que vender grandes cantidades de bonos del Tesoro para obtener dólares. Esa presión de venta podría haber hundido los precios de los bonos y, lo que es más grave, haber elevado los costos de endeudamiento de EE. UU. .
Los analistas también señalaron la preocupación por la estabilidad del sistema financiero japonés si el desplome del yen se hubiera agravado . La acción conjunta también sirvió como señal: al actuar juntos, los dos gobiernos crearon la percepción de que no se permitiría que la depreciación unilateral del yen continuara, disuadiendo a los especuladores que apostaban en corto contra la moneda .
La intervención logró su objetivo táctico. Rompió el impulso unidireccional que había llevado al dólar cerca de las 164 unidades por yen. Los que habían apostado a la baja del yen se vieron forzados a cubrir sus posiciones, lo que elevó bruscamente la moneda japonesa . En los días posteriores a la acción, el yen se mantuvo por encima de sus mínimos recientes de 40 años, y funcionarios de ambos países señalaron que estaban preparados para actuar de nuevo si fuera necesario .
A pesar del éxito inmediato, los participantes del mercado y los economistas esperaban en general que el alivio fuera de corta duración por varias razones estructurales:
Amplio diferencial de tipos de interés. La brecha persistente entre las tasas de EE. UU. y las aún bajas tasas de Japón es el motor fundamental de la debilidad del yen. Una recuperación sostenida del yen requiere una política más restrictiva del Banco de Japón (BoJ), no solo intervención monetaria .
La elevada carga de deuda de Japón. La enorme deuda pública de Japón limita la capacidad del BoJ para normalizar agresivamente las tasas de interés, restringiendo las herramientas de política monetaria disponibles para apuntalar el yen .
Reversión de la tendencia en el mercado. En una semana, el yen había perdido casi la mitad de las ganancias obtenidas con la intervención. Este retroceso subraya los límites de este tipo de operaciones para revertir una tendencia bajista a largo plazo .
Fundamentos económicos sin cambios. La intervención no hizo nada para abordar los desequilibrios subyacentes —flujos comerciales, salidas de capital y divergencia de la política monetaria— que debilitaron al yen en primer lugar .
La intervención conjunta de EE. UU. y Japón del 31 de julio de 2026 funcionó como un movimiento táctico de choque y pavor que rompió el impulso especulativo y mostró un respaldo estadounidense sin precedentes al yen. Pero la mayoría de los analistas consideran que se trata de una compra de tiempo, no de una solución a los problemas estructurales que causan la debilidad del yen. Una recuperación duradera, argumentan, depende de un verdadero endurecimiento de la política monetaria por parte del Banco de Japón y de una reducción de la brecha de tipos de interés entre EE. UU. y Japón .