La subida tuvo un alcance amplio. El 8 de agosto avanzaron el índice SAALL de Sudáfrica, con un 1,92%; el STI de Singapur, con un 1,05%; el Shanghai Composite, con un 1,02%; el DAX alemán, con un 0,69%; el TSX canadiense, con un 0,68%; y el Nasdaq 100 estadounidense, con un 1,19%. Las caídas quedaron limitadas a unos pocos mercados, entre ellos el Bovespa brasileño, que retrocedió un 1,73% .
La confianza también se reflejó en los flujos de inversión: los fondos globales de renta variable registraron su undécima semana consecutiva de entradas, con 21.150 millones de dólares netos en la semana terminada el 5 de agosto .
El catalizador inmediato fue la mejora de las perspectivas sobre la demanda relacionada con la IA. Palantir elevó su previsión anual de ingresos y ON Semiconductor anticipó ingresos trimestrales superiores a lo esperado, apoyados en la demanda de chips de gestión de energía utilizados en centros de datos de IA .
También ayudó la previsión de Caterpillar, que mejoró sus perspectivas de crecimiento de ingresos ante la mayor demanda de equipos para la construcción de centros de datos . Estos anuncios redujeron, al menos de forma temporal, la preocupación de que las enormes inversiones en infraestructura de IA —servidores, semiconductores y centros de datos— tarden demasiado en convertirse en ingresos y beneficios.
La temporada de resultados del segundo trimestre siguió siendo un respaldo importante para las bolsas. Cerca del 80% de las empresas del S&P 500 que habían presentado sus cuentas superaron las expectativas de beneficios, frente a una media habitual del 73% .
Sin embargo, el mercado está empezando a exigir algo más que promesas de crecimiento. Microsoft y Amazon subieron más de un 15% tras publicar sus resultados, mientras que Meta y Apple cayeron más de un 7%, una divergencia que refleja la atención creciente sobre la capacidad de cada compañía para convertir la inversión en IA en rentabilidad .
El entusiasmo tampoco fue uniforme. Deutsche Bank señaló una «revaluación brusca de la apuesta por la IA»: los semiconductores y la renta variable surcoreana habían sufrido fuertes pérdidas mensuales pese a sus grandes ganancias acumuladas en el año. En Europa, mientras tanto, la rotación sectorial favoreció un mejor comportamiento relativo de las bolsas .
El informe del mercado laboral estadounidense fue la otra gran pieza de la semana. La economía de Estados Unidos perdió 23.000 empleos no agrícolas en julio, según la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS, por sus siglas en inglés) . El dato sorprendió especialmente porque los economistas esperaban un aumento de aproximadamente 83.000 a 97.500 puestos .
La tasa de desempleo bajó ligeramente del 4,2% al 4,1% . No obstante, las revisiones de los meses anteriores mostraron un mercado laboral bastante más débil de lo que se había estimado inicialmente: la creación de empleo de junio quedó revisada a solo 20.000 puestos y la de mayo a 63.000 .
Para los mercados, la lectura fue clara: el crecimiento del empleo se está enfriando y la Reserva Federal tiene menos motivos para endurecer su política monetaria de inmediato. El informe redujo las expectativas de que el banco central estadounidense suba los tipos en su reunión de septiembre .
A comienzos del verano, los inversores habían empezado a contemplar una posible subida de tipos. El dato de julio modificó esa visión y reforzó la expectativa de que la Fed mantenga los tipos sin cambios durante el resto del año .
La reacción puede parecer contraintuitiva: un mercado laboral débil suele ser una mala noticia para la economía, pero en este caso fue bien recibido por la renta variable porque reduce el riesgo de una política monetaria más restrictiva. Unos tipos más altos encarecen la financiación y suelen presionar especialmente a las empresas tecnológicas, cuyas valoraciones dependen en mayor medida de beneficios futuros.
La caída de los rendimientos de los bonos del Tesoro tras el informe laboral contribuyó a reforzar ese movimiento. Aun así, el dato también plantea una duda para las próximas semanas: si el deterioro del empleo continúa, el mercado podría pasar de celebrar una menor presión sobre la Fed a preocuparse por la salud de la economía estadounidense.
Las tensiones en Oriente Medio siguieron siendo un factor de volatilidad para distintas clases de activos. La atención se concentró en el estrecho de Ormuz y en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán .
Pese a la incertidumbre geopolítica, el petróleo estadounidense bajó durante la semana ante las esperanzas de avances en las conversaciones sobre Irán . El descenso de la energía ayudó a moderar los temores inflacionistas y favoreció el apetito por el riesgo .
El mercado, por tanto, estuvo pendiente de dos fuerzas opuestas: cualquier escalada en la región podría elevar de nuevo el precio del crudo y las expectativas de inflación, mientras que una mejora diplomática tendría el efecto contrario.
El oro ofreció una lectura diferente del entorno, al beneficiarse de un dólar más débil y de la caída de los rendimientos de los bonos. El precio al contado subió un 3,99% el 5 de agosto, hasta 4.226,97 dólares por onza . Los futuros del metal precioso ganaron más de un 5% en dos sesiones y volvieron a superar los 4.300 dólares por onza .
El 6 de agosto, el oro alcanzó un máximo de siete semanas de 4.265 dólares por onza . La recuperación llegó después de seis meses complicados para el metal, pero Deutsche Bank describió su trayectoria reciente como «explosiva» y consideró que aún no había terminado .
La misma combinación que apoyó al oro —un dólar más débil y menores rendimientos— también ayudó a las acciones tecnológicas. Esto muestra que el mercado estaba interpretando el enfriamiento laboral principalmente como una señal de menor presión monetaria, y no todavía como el inicio de una recesión.
La semana dejó un mensaje favorable para los activos de riesgo, pero no elimina los focos de incertidumbre. Los inversores tendrán que comprobar si los resultados empresariales siguen justificando el gasto masivo en IA, si el mercado laboral estadounidense continúa perdiendo fuerza y si la Fed mantiene su postura de espera.
También seguirán siendo decisivos el precio del petróleo, la evolución de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán y la fortaleza del dólar. Por ahora, la combinación de beneficios sólidos, menores expectativas de subida de tipos y energía más barata bastó para llevar a los índices estadounidenses a máximos históricos y atraer la undécima semana consecutiva de entradas hacia los fondos globales de renta variable .