La reacción policial fue inmediata y arrojó pistas cruciales en cuestión de horas.
Skrepetsky no era un simple opositor. Su lenguaje era la provocación visual, una que lo había puesto en el punto de mira de los aparatos represivos.
El asesinato de Skrepetsky no es un hecho aislado, sino el último eslabón en una cadena de eliminación de disidentes en territorio europeo.
En este contexto, la ejecución de Skrepetsky reúne todos los elementos clásicos de un contrato estatal: la aniquilación a corta distancia, la cercanía con un edificio diplomático aliado, la nacionalidad de los detenidos y, sobre todo, el perfil de un enemigo que no podía ser acallado con amenazas.