Sin embargo, los historiadores piden cautela. La Primera Guerra Mundial fue un conflicto verdaderamente global que involucró a decenas de estados y múltiples teatros de operaciones, mientras que la guerra en Ucrania, pese a su brutalidad, sigue siendo un conflicto regional centrado en un solo país . Además, el paisaje tecnológico del siglo XXI —con la vigilancia con drones, los misiles guiados de precisión, la ciberguerra sofisticada y la inteligencia satelital en tiempo real— crea un entorno de combate radicalmente distinto al de las cargas de infantería masiva y el poder aéreo incipiente de principios del siglo XX
.
La fecha también marca un punto de inflexión en el terreno de la diplomacia. A principios de febrero de 2026, el gobierno de Estados Unidos había fijado un plazo estricto para que Ucrania y Rusia alcanzaran un acuerdo de paz antes de junio, advirtiendo que presionaría a ambas partes si no se cumplía . Las conversaciones trilaterales de alto perfil lideradas por Washington en Ginebra colapsaron en febrero sin avances, y el plazo de junio expiró sin acuerdo alguno
.
Tras ese fracaso, Estados Unidos dio un paso atrás en su papel de mediador principal . La reacción de Kyiv fue inmediata: Ucrania giró hacia una vía de mediación liderada por Europa. El 7 de junio de 2026, el presidente Volodímir Zelenski se reunió en Londres con los líderes de Reino Unido, Alemania y Francia para debatir un enfoque europeo más proactivo en las negociaciones de paz
. Las potencias europeas, tras más de un año observando cómo la mediación estadounidense resultaba infructuosa frente a la rigidez de las demandas territoriales de Moscú, contemplan ahora asumir un papel de liderazgo diplomático más firme
.
Más allá de las estadísticas del campo de batalla y los movimientos diplomáticos, el estado de ánimo de la sociedad ucraniana refleja una dualidad compleja. Los datos muestran una población que ha girado de forma abrumadora hacia el deseo de una salida negociada, pero que al mismo tiempo se mantiene profundamente resiliente y poco dispuesta a capitular en términos desfavorables.
El giro hacia la negociación: El cambio en la opinión pública es drástico. Una encuesta de Gallup de julio de 2025 reveló que el 69 % de los ucranianos quiere que la guerra termine mediante negociaciones lo antes posible, y solo un 24 % apoya la idea de seguir luchando hasta la victoria . Esto supone una inversión casi total frente a los inicios de 2022, cuando el 73 % apoyaba combatir hasta el final
. Los sondeos de Lord Ashcroft de mayo de 2026 confirman que pocos ven un final cercano; solo uno de cada tres espera que la guerra termine antes de que acabe 2026
.
Límites claros a las concesiones: El deseo de poner fin a los combates no se traduce en una disposición a aceptar cualquier trato. Una encuesta de diciembre de 2025 del Instituto Internacional de Sociología de Kyiv (KIIS) mostró que, si bien un 72 % aceptaría un acuerdo que mantenga la línea del frente actual con algunos compromisos, un llamativo 52 % rechaza categóricamente ceder todo el Dombás al control ruso, incluso a cambio de garantías de seguridad .
La voluntad de resistir: Aquí se presenta la paradoja central de la opinión pública ucraniana. A pesar del claro deseo de paz, un sólido 65 % de los encuestados está decidido a soportar la guerra el tiempo que sea necesario para lograr una mejor posición negociadora . Esta cifra ha subido desde el 54 % de marzo de 2025, lo que indica que el cansancio bélico no ha quebrado la voluntad colectiva de resistir una paz impuesta
.
Una esperanza lejana de victoria: La fe en la victoria final sigue siendo extraordinariamente alta. Una encuesta de principios de 2026 reveló que el 83,9 % de los ucranianos sigue creyendo en el triunfo de Ucrania, aunque la mayoría lo concibe ahora como un resultado alcanzado mediante la negociación y no a través de una conquista militar total . El horizonte temporal para ese triunfo sigue siendo lejano; un sondeo del KIIS de febrero de 2026 mostró que el 43 % no cree que la guerra termine en 2026
.
La fotografía que emerge no es la de una sociedad rota, sino la de una sociedad profundamente cansada que ha medido su resistencia comparándola con la duración de una guerra mundial y que, aun así, se declara preparada para continuar si un acuerdo justo sigue estando fuera de su alcance.
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