El cuello de botella simplemente se desplaza: de escribir código a revisarlo e integrarlo. Y los equipos que no adapten sus procesos acaban abrumados .
AWS no se quedó en una opinión. Aportó varios argumentos y datos:
La compañía ya había publicado en enero de 2026 una entrada en su blog oficial titulada “Tus asistentes de programación con IA van a saturar tu cadena de entrega: cómo prepararte”, donde exponía esta misma tesis .
El mensaje de AWS no habría tenido el mismo impacto sin el ruido de fondo que lo acompañaba. La contradicción era evidente:
Una inversión de 200.000 millones de dólares en IA. En febrero de 2026, Amazon anunció que destinaría 200.000 millones de dólares a infraestructura de inteligencia artificial solo en ese año, la mayor apuesta corporativa en IA de la historia. La cifra superó en 50.000 millones las previsiones de Wall Street y provocó una caída en bolsa . El CEO, Andy Jassy, defendió la decisión como una jugada calculada a largo plazo
.
Una imposición interna que se volvió en contra. Amazon fijó objetivos que obligaban a más del 80 % de sus desarrolladores a utilizar herramientas de IA cada semana, monitorizados a través de una plataforma llamada MeshClaw y un ranking interno conocido como KiroRank . Según informaron varios medios, los empleados empezaron a engañar al sistema ejecutando tareas de IA inútiles para escalar puestos en la clasificación, una práctica que dentro de la empresa se bautizó como “tokenmaxxing”. El gasto en computación se disparó de tal manera que Amazon tuvo que eliminar el ranking
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Apagones que afectaron a millones de pedidos. En marzo de 2026, una serie de caídas en Amazon.com y en su aplicación de compras —que dejaron a millones de clientes sin poder operar— se vincularon a cambios de código asistidos por IA desplegados sin la supervisión adecuada . Aunque Amazon matizó algunas informaciones, acabó imponiendo una nueva política: todo código generado por IA debe ser revisado por un ingeniero sénior antes de llegar a producción
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Esa nueva norma de aprobación creaba una paradoja evidente: la misma herramienta que debía acelerar el desarrollo ahora lo ralentizaba .
Casi 30.000 despidos corporativos en unos meses. En enero de 2026, Amazon confirmó 16.000 despidos de personal corporativo, que se sumaban a otros 14.000 de octubre de 2025. En total, unos 30.000 puestos eliminados en tres meses —la mayor reducción de plantilla de su historia—. Los ejecutivos vincularon explícitamente los recortes a la automatización mediante IA .
Un problema que trasciende a Amazon. El aviso de AWS coincidió con un creciente corpus de estudios que alerta de cómo el código generado por IA introduce riesgos de calidad, vulnerabilidades de seguridad y un desplazamiento de los cuellos de botella desde la escritura hacia la revisión, un problema que se agrava cuando las empresas reducen sus equipos de control al mismo tiempo que disparan la producción de código con IA .
La viralidad del mensaje de AWS nació de la contradicción flagrante: estaban vendiendo infraestructura de IA (incluido Amazon Q Developer, su propio asistente de programación), Amazon gastaba 200.000 millones de dólares en IA, obligaba a más del 80 % de sus ingenieros a usar estas herramientas, despedía a 16.000 personas en parte para financiar la apuesta… y, sin embargo, el mensaje público era “la IA puede haceros más lentos”.
En redes sociales, muchos ingenieros señalaron que la advertencia de AWS describía exactamente lo que ya estaba ocurriendo dentro de la propia Amazon: el código generado por IA llegaba a producción sin suficiente revisión, provocaba caídas del servicio y forzaba políticas de supervisión que, al final, ralentizaban todo el proceso .
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