Para poner la cifra en contexto: el mundo consume normalmente cerca de 100 millones de barriles diarios, por lo que esta pérdida representa un golpe significativo para el sistema energético global.
Aunque la caída de la oferta se produjo rápidamente tras la escalada del conflicto, el impacto total sobre el mercado tarda más tiempo en reflejarse.
Morningstar DBRS prevé que el déficit global de crudo alcance su máximo en el segundo trimestre de 2026, suponiendo que el conflicto se desescale y el tráfico marítimo empiece a recuperarse a comienzos del verano.
Este retraso se explica por varios factores estructurales del mercado petrolero:
La EIA advierte que, incluso cuando el tránsito vuelva a la normalidad, podría tardarse hasta finales de 2026 o incluso principios de 2027 en recuperar plenamente los niveles previos de producción y comercio.
La magnitud del shock de oferta ya está obligando a bancos y analistas a revisar sus previsiones para el precio del petróleo.
Otros grandes bancos ven un mercado aún más ajustado:
Si la interrupción en el estrecho se prolonga más de lo previsto, los precios podrían dispararse aún más. Algunos escenarios extremos contemplan picos temporales entre 130 y 150 dólares por barril si las exportaciones continúan restringidas hasta mediados de verano.
Incluso cuando el suministro físico empiece a recuperarse, los precios podrían mantenerse elevados por la llamada prima de riesgo geopolítico.
La EIA explica que la incertidumbre sobre nuevas interrupciones —especialmente en torno al Estrecho de Ormuz— ha añadido un componente adicional a los precios del petróleo, ya que los operadores incorporan el riesgo de futuros bloqueos o ataques.
Directivos del sector también advierten que el reequilibrio del mercado llevará tiempo. El director ejecutivo de Saudi Aramco señaló que las perturbaciones podrían retrasar la normalización completa del mercado hasta 2027, dependiendo de la velocidad con que se recuperen exportaciones y producción.
Paradójicamente, uno de los mecanismos que suele estabilizar el mercado durante crisis de suministro es la caída de la demanda.
Cuando el combustible se encarece, empresas y consumidores reducen el consumo. Algunos análisis ya indican que los precios elevados y la escasez están provocando “destrucción de demanda”, con refinerías e industrias recortando su consumo ante el aumento de costos.
En ciertos países también se están estudiando medidas de emergencia —campañas de ahorro energético o políticas de transporte— para limitar el consumo de combustibles si las tensiones persisten.
Para los consumidores, el efecto más visible es simple: combustible más caro.
Cuando sube el precio del crudo y escasean los productos refinados, las refinerías trasladan ese aumento a los mercados de gasolina y diésel. Analistas señalan que en muchas regiones los precios en surtidor ya están subiendo antes de la temporada de mayor conducción en el hemisferio norte.
A largo plazo, esos precios más altos tienden a frenar el consumo y ayudan a equilibrar el mercado, pero ese proceso puede tardar meses.
El rumbo del mercado petrolero hasta 2026 depende en gran medida de una sola variable: cuándo se normalizará por completo el tráfico en el Estrecho de Ormuz.
Si las exportaciones se recuperan con rapidez, la reconstrucción de inventarios y la reactivación de la producción podrían aliviar gradualmente el déficit de suministro. Pero si las interrupciones continúan —o si los daños a la infraestructura retrasan la recuperación— el mercado podría permanecer ajustado y los precios elevados hasta bien entrado 2027.
Por ahora, la mayoría de analistas coinciden en algo: la combinación de recortes de producción en el Golfo, interrupciones logísticas y riesgo geopolítico ha endurecido de forma significativa el mercado petrolero mundial, convirtiendo a 2026 en uno de los años más inciertos para los precios de la energía en décadas.
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