El análisis de huesos y dientes reveló que pertenecían a un mínimo de 37 personas, incluyendo tanto adultos como niños.
Entre los restos también aparecieron cuentas de vidrio importadas y otros materiales culturales, lo que indica que los depósitos formaban parte de rituales funerarios y no de una acumulación accidental.
Los arqueólogos se sorprendieron por la cantidad de restos, ya que raramente se habían encontrado enterramientos humanos sustanciales dentro de las jarras mismas.
Las pruebas de radiocarbono realizadas en huesos y dientes situaron los depósitos funerarios entre los siglos IX y XII de nuestra era, con varias fechas concentradas aproximadamente entre 890 y 1160 d.C..
Los datos indican que la jarra fue utilizada repetidamente durante un largo periodo, posiblemente hasta unos 270 años.
Esto significa que los restos no se colocaron todos al mismo tiempo: la vasija fue visitada en distintas ocasiones a lo largo de generaciones para añadir nuevos restos humanos.
Una de las pistas más importantes proviene del estado de los huesos.
En lugar de esqueletos completos, los investigadores encontraron huesos desarticulados, es decir, separados entre sí y procedentes de distintas partes del cuerpo.
Este patrón coincide con una práctica conocida como entierro secundario, que generalmente implica:
Además, los arqueólogos detectaron cierta organización en la disposición de los restos: cráneos colocados cerca de los bordes de la jarra y huesos de brazos y piernas agrupados.
Este orden refuerza la idea de que la jarra funcionaba como espacio funerario ritual cuidadosamente gestionado, no como un simple depósito de restos.
Dado que los restos pertenecen a decenas de individuos depositados a lo largo de siglos, los investigadores creen que la jarra funcionó como tumba colectiva de una comunidad o de grupos familiares extensos.
El uso repetido sugiere actividades rituales relacionadas con la memoria de los antepasados, en las que las comunidades regresaban periódicamente al lugar para depositar nuevos restos.
Así, la jarra habría servido como punto ceremonial compartido dentro del paisaje megalítico de la región.
La Llanura de las Jarras alberga más de 2.000 grandes recipientes de piedra repartidos en más de 100 sitios arqueológicos.
Durante décadas se propusieron teorías muy distintas: algunos investigadores pensaban que podían servir para almacenar alimentos, agua o bienes comerciales. Otros sospechaban un uso funerario, pero faltaban pruebas directas.
El descubrimiento de decenas de restos humanos dentro de una sola jarra ofrece ahora una de las evidencias más claras de que al menos algunas de estas estructuras tenían funciones mortuorias.
Curiosamente, las propias jarras de piedra probablemente son mucho más antiguas que los entierros medievales encontrados en su interior.
Esto sugiere que comunidades posteriores se encontraron con un paisaje megalítico ya antiguo y reutilizaron las jarras como parte de sus rituales funerarios siglos después de su construcción.
Los investigadores señalan que la actividad ritual en estos lugares continuó al menos hasta el siglo XIII, una época de cambios culturales en la región, incluida la expansión del budismo. Sin embargo, cualquier relación directa entre estas prácticas funerarias y el budismo sigue siendo una hipótesis que requiere más pruebas.
La excavación del Sitio 75 representa uno de los hallazgos más reveladores en la Llanura de las Jarras. Proporciona:
En conjunto, estos resultados acercan a los investigadores a comprender uno de los paisajes arqueológicos más enigmáticos del sudeste asiático y a las comunidades que regresaron a él durante siglos para honrar a sus muertos.
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