El problema inmediato para los agricultores es económico. Los fertilizantes se han encarecido rápidamente, mientras que los precios de los granos y otros cultivos no han subido lo suficiente para compensar el aumento de los costes.
Analistas del sector señalan que esta brecha está obligando a muchos productores a reconsiderar sus planes de siembra para las próximas campañas agrícolas.
Datos del Banco Mundial muestran que los precios de los fertilizantes se dispararon a principios de 2026. Solo entre febrero y marzo, la urea aumentó aproximadamente un 46% en un mes.
Y el riesgo podría no haber terminado. El Banco Mundial advierte que los precios de los fertilizantes podrían subir otro 31% durante 2026 si continúan las interrupciones en el suministro.
Cuando los márgenes se reducen tan rápido, los agricultores suelen reaccionar de forma predecible.
El fertilizante es uno de los costes variables más grandes en la agricultura. Cuando los precios se disparan, muchos agricultores suelen:
Diversos estudios sobre mercados agrícolas muestran que los aumentos sostenidos de precios suelen llevar a menor uso de nutrientes, lo que termina reduciendo los rendimientos de las cosechas.
Estas decisiones ayudan a proteger las finanzas del agricultor en el corto plazo, pero suelen traducirse en menor producción en la siguiente cosecha.
Los rendimientos agrícolas dependen en gran medida de fertilizantes nitrogenados y fosfatados. Cuando la aplicación cae en muchas explotaciones al mismo tiempo, la producción global de cultivos básicos —como trigo, maíz o arroz— puede disminuir.
Incluso reducciones moderadas en los rendimientos, si ocurren simultáneamente en varias regiones agrícolas, pueden reducir los inventarios globales y empujar al alza los precios de los alimentos.
Debido a que la siembra y la cosecha ocurren meses después de comprar los insumos, los efectos inflacionarios suelen aparecer con retraso.
Esto ya se refleja en algunos indicadores globales: aunque los precios de alimentos básicos se mantenían relativamente estables a comienzos de 2026, varios indicadores adelantados señalan presiones inflacionarias crecientes relacionadas con el encarecimiento de fertilizantes y energía.
Los países que dependen de fertilizantes importados —y también de alimentos importados— son los más vulnerables.
En estos casos puede producirse un doble impacto:
Regiones como partes de África y el sur de Asia están particularmente expuestas a interrupciones del suministro vinculadas al Golfo Pérsico.
Los mercados agrícolas ya son sensibles a los fenómenos climáticos. Si eventos meteorológicos adversos coinciden con la escasez de fertilizantes, el impacto podría amplificarse.
Por ejemplo, episodios como El Niño, que pueden provocar sequías o olas de calor en regiones agrícolas clave, podrían coincidir con un menor uso de fertilizantes. En ese escenario, ambos factores reducirían la producción al mismo tiempo, presionando aún más el suministro global de granos.
La agricultura funciona en ciclos estacionales. Eso significa que los shocks en los insumos no se trasladan inmediatamente a los precios en el supermercado.
La secuencia típica suele ser:
Como cada paso ocurre a lo largo de meses, la inflación alimentaria suele aparecer mucho después del shock inicial.
El aumento de los precios de fertilizantes provocado por las interrupciones alrededor del Estrecho de Ormuz puede que no genere inflación alimentaria inmediata, pero sí eleva el riesgo de una ola de precios más adelante.
Los costes agrícolas más altos, los márgenes más ajustados para los agricultores y posibles shocks climáticos ya están influyendo en las decisiones de siembra. Si los precios de los fertilizantes se mantienen elevados durante las próximas temporadas agrícolas, el resultado podría ser cosechas más débiles y un suministro global de alimentos más ajustado en el próximo ciclo agrícola.
En otras palabras: el shock de fertilizantes de hoy podría convertirse en la inflación alimentaria de mañana.
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