Para Moscú, el proyecto es crucial. Desde la invasión de Ucrania en 2022 y las sanciones occidentales posteriores, Rusia ha perdido gran parte de su mercado gasístico europeo y busca redirigir sus exportaciones hacia Asia.
El Kremlin también esperaba que las tensiones energéticas globales —incluidas las preocupaciones por rutas marítimas como el estrecho de Ormuz— impulsaran a China a priorizar suministros terrestres más seguros. Pero ese argumento geopolítico no logró superar las preocupaciones económicas de Pekín.
El desacuerdo más importante sigue siendo el precio.
China busca tarifas cercanas a los precios descontados que Rusia ofrece dentro de su propio mercado o a algunos socios energéticos. Rusia, en cambio, necesita precios más altos para justificar la construcción de un gasoducto que costaría decenas de miles de millones de dólares y para compensar la pérdida de ingresos en Europa.
Mientras no haya consenso sobre el precio y las condiciones de suministro a largo plazo, el acuerdo seguirá estancado, incluso cuando la relación política entre ambos países parezca sólida.
Los grandes proyectos de gasoductos implican compromisos muy largos. Un contrato para Power of Siberia 2 obligaría a China a comprar grandes volúmenes de gas durante décadas.
Tras el inicio de la guerra en Ucrania, Pekín ha sido prudente con nuevas inversiones energéticas en Rusia y con la firma de contratos de suministro a largo plazo.
Desde la perspectiva china, comprometerse a comprar gas durante 20 o 30 años puede resultar arriesgado si cambian los patrones de demanda energética o si los precios internacionales bajan. Una vez construido el gasoducto, el comprador queda prácticamente vinculado a esa infraestructura durante décadas.
La posición negociadora de China también se explica por su estrategia de diversificación energética.
El país ya importa gas desde múltiples regiones, amplía su producción doméstica y continúa comprando gas natural licuado (LNG). Además, se espera que el suministro global de LNG aumente significativamente en los próximos años, lo que podría mejorar la disponibilidad y reducir los precios para grandes compradores como China.
Al mismo tiempo, el país está acelerando su transición energética. La energía eólica y solar dominan las nuevas instalaciones eléctricas, con cientos de gigavatios añadidos en los últimos años.
Estas tendencias reducen la urgencia de comprometerse con otro gigantesco proyecto de combustibles fósiles, salvo que las condiciones económicas sean muy favorables.
La falta de un acuerdo sobre el gasoducto no significa que la relación económica esté debilitándose.
El comercio bilateral continúa expandiéndose. En el primer trimestre de 2026, el intercambio entre ambos países aumentó 14,8% interanual, superando los 61.000 millones de dólares.
Rusia sigue siendo además un proveedor importante de petróleo con descuento y otros recursos energéticos para China, lo que mantiene fuertes los vínculos comerciales incluso bajo el régimen de sanciones occidentales.
La situación del Power of Siberia 2 muestra un equilibrio cada vez más desigual dentro de la asociación entre Moscú y Pekín.
Rusia necesita urgentemente nuevos mercados energéticos y grandes proyectos de infraestructura para sustituir la demanda europea perdida. China, en cambio, cuenta con múltiples proveedores, acceso a LNG y un sistema energético en rápida transformación.
Esa diferencia permite a Pekín negociar con calma: puede comprar energía rusa cuando el precio es atractivo, pero no tiene incentivos para aceptar condiciones desfavorables en un proyecto estratégico de largo plazo.
En resumen, la cumbre de Pekín confirmó la cercanía política entre China y Rusia. Pero cuando se trata de un gasoducto de más de 50.000 millones de dólares y décadas de compras de gas, los cálculos económicos de China pesan más que la simbología geopolítica.
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