El aumento del crudo se transmite con rapidez al precio de la gasolina que pagan los consumidores.
La EIA prevé que el precio promedio de la gasolina en Estados Unidos alcance unos 3,34 dólares por galón en 2026, frente a alrededor de 3,10 dólares en 2025.
La cadena económica es bastante directa:
Los economistas advierten que este tipo de shocks energéticos tienden a alimentar la inflación porque el transporte y la logística dependen fuertemente de la energía. De hecho, el conflicto elevó rápidamente los precios de la gasolina en Estados Unidos y reavivó las preocupaciones inflacionarias.
Las aerolíneas son especialmente vulnerables a los shocks energéticos porque el combustible es uno de sus mayores gastos operativos.
En los primeros meses de 2026, el precio global del combustible de aviación llegó a más del doble que el año anterior en algunos momentos, superando los 200 dólares por barril antes de moderarse.
Cuando el combustible se dispara, las compañías aéreas suelen reaccionar de varias formas:
En Estados Unidos, las aerolíneas ya confirmaron que están reduciendo frecuencias de vuelo y ajustando su capacidad antes de la temporada alta de verano debido al aumento del combustible.
Esto protege sus márgenes, pero también puede significar menos vuelos disponibles y tarifas más altas para los viajeros.
El efecto del encarecimiento del combustible ya se está viendo en varios mercados.
Canadá: los billetes de avión subieron por primera vez en casi dos años. Datos de Statistics Canada mostraron que las tarifas aumentaron un 2,9 % interanual en marzo de 2026, revirtiendo una tendencia prolongada de descensos.
Asia: muchas economías asiáticas dependen en gran medida del petróleo y el gas del Golfo que pasan por Ormuz. Varias aerolíneas de la región Asia‑Pacífico comenzaron a aplicar recargos de emergencia por combustible y a ajustar precios para compensar el aumento de costes.
En la aviación internacional, estos efectos suelen persistir incluso después de que el petróleo se estabiliza, porque los contratos de combustible, la planificación de rutas y los horarios de vuelo se fijan con meses de antelación.
Aunque el encarecimiento de la energía explica el aumento inmediato de los costes de viajar, la política comercial está añadiendo una presión adicional a más largo plazo.
En junio de 2025, Estados Unidos elevó los aranceles de la Sección 232 sobre el acero y el aluminio importados del 25 % al 50 %.
Estos aranceles no afectan directamente al precio de la gasolina, pero sí a la industria aérea porque:
Con el tiempo, estos costes adicionales pueden trasladarse a los gastos operativos de las aerolíneas y al precio final de los billetes.
La combinación de energía cara y costes industriales más altos deja a las aerolíneas en una situación complicada.
Si trasladan los costes a los pasajeros, los precios de los billetes suben y la demanda puede enfriarse. Si absorben el impacto, sus márgenes de beneficio se reducen.
A nivel macroeconómico, los shocks energéticos suelen ser inflacionarios: aumentan el coste del transporte, la logística y la producción en toda la economía.
Las agencias energéticas esperan cierta normalización, pero no de inmediato.
La EIA proyecta que el comercio y la producción mundial de petróleo podrían volver cerca de los niveles previos al conflicto a finales de 2026 o a comienzos de 2027 si las interrupciones disminuyen.
Si eso ocurre, los precios del petróleo y de la gasolina podrían moderarse gradualmente. Sin embargo, en la aviación el alivio suele llegar más tarde porque los horarios de vuelos, los contratos de combustible y las decisiones de capacidad se planifican con muchos meses de antelación.
El encarecimiento de la gasolina y de los viajes en 2026 es el resultado de un efecto dominó global:
Para los viajeros, la conclusión es clara: los vuelos durante 2026 —especialmente en verano y en rutas de larga distancia— probablemente seguirán siendo caros mientras los mercados energéticos se estabilizan.
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