La polémica tiene menos que ver con una reunión aislada y más con una pregunta incómoda: ¿dónde termina una explicación sobre seguridad internacional y dónde empieza un intento de moldear la opinión pública a través del cine y la televisión?
En español solemos hablar de la OTAN —la Organización del Tratado del Atlántico Norte—, una alianza militar que también desarrolla comunicación pública. El problema, para sus críticos, es que sus interlocutores no son solo periodistas o académicos, sino personas que construyen relatos: guionistas, directores y productores. Y, según los reportes, esos contactos se están produciendo en privado[5][
6].
Qué se ha reportado sobre las reuniones
Varios medios, citando a The Guardian, han informado de que la OTAN ha mantenido encuentros a puerta cerrada con profesionales del cine y la televisión en Europa y Estados Unidos, incluidos guionistas, directores y productores[4][
5][
6].
Según esas informaciones, ya se celebraron reuniones en Los Ángeles, Bruselas y París. El siguiente encuentro estaría previsto en Londres con miembros de la Writers’ Guild of Great Britain, la organización profesional que representa a guionistas en el Reino Unido[5][
8]. El tema anunciado para esa cita sería “el cambiante entorno de seguridad en Europa”[
8].
También se ha informado de que la iniciativa se coordina a través de la división de diplomacia pública de la OTAN y busca establecer vínculos con la industria del cine y la televisión[6]. En un correo de la OTAN visto por The Guardian, según esos reportes, se afirmaba que las reuniones celebradas hasta ahora habían inspirado a participantes a emprender “tres proyectos diferentes”[
8].
Por qué algunos lo llaman propaganda
1. Porque la opacidad impide saber qué influencia existe
El primer punto de fricción es la transparencia. Si una reunión es privada, el público no puede saber con claridad qué se dijo, qué materiales se compartieron, qué tipo de acceso se ofreció ni si hubo sugerencias sobre cómo representar conflictos, amenazas o instituciones.
Por eso, algunos participantes y críticos no ven estas reuniones como simples sesiones informativas, sino como un intento de influir en el contenido de películas y series. Los reportes señalan que parte de los asistentes considera la iniciativa como una forma de propaganda o como una tentativa de incidir en lo que se produce para cine y televisión[4][
5].
2. Porque los guionistas no solo informan: construyen emociones
No es lo mismo que una institución militar explique su visión a un grupo de especialistas que hacerlo ante quienes escriben historias para millones de espectadores. Una serie o una película no funciona como un informe técnico: muestra héroes y villanos, plantea dilemas, genera empatía y ayuda a fijar marcos de interpretación.
Ahí nace la sospecha. Aunque no hubiera una orden explícita de cambiar un guion, una conversación con una alianza militar puede orientar la manera en que se imaginan amenazas, alianzas, enemigos, misiones o crisis. Algunos invitados, según se ha informado, temen estar siendo empujados a “contribuir a la propaganda para la OTAN”[8].
3. Porque la mención de “tres proyectos” suena a algo más que una charla
La parte que más alimenta las dudas es el correo atribuido a la OTAN en el que, según The Guardian, se decía que las reuniones ya habían inspirado tres proyectos diferentes[8].
Si el objetivo fuera únicamente ofrecer contexto general, esa conexión con proyectos creativos podría parecer secundaria. Pero si de los encuentros salen ideas para nuevas obras, los críticos se preguntan si la OTAN está participando, aunque sea de forma indirecta, en la creación de contenidos culturales.
El guionista Alan O’Gorman dijo a The Guardian que presentar esa oportunidad como algo positivo le parecía “tone-deaf and crazy”, una expresión que puede entenderse como insensible al clima del momento y disparatada[8].
El trasfondo: contar “la historia” de la OTAN
Estas reuniones encajan en una preocupación más amplia: cómo comunicar al público qué es la OTAN, para qué sirve y por qué debería importar. Esa inquietud no es nueva en los círculos de seguridad.
En 2024, por ejemplo, el centro de estudios estadounidense CSIS organizó una sesión titulada “Hollywood Goes to NATO: Telling the Story of the Alliance”. Según su propia descripción, el proyecto preguntaba a guionistas de Hollywood cómo debería contarse la historia futura de la alianza y por qué sería necesaria durante otros 75 años[12].
Ese evento del CSIS no prueba, por sí solo, nada sobre las reuniones privadas ahora reportadas. Pero sí muestra un contexto: sectores del mundo de la seguridad consideran que los narradores de la cultura popular son importantes para explicar instituciones como la OTAN a públicos amplios[12]. Para los críticos, ese interés vuelve más comprensible la acusación de propaganda.
Lo que no se puede afirmar todavía
Conviene separar la sospecha de los hechos comprobados en las fuentes disponibles. Lo reportado hasta ahora es que la OTAN ha celebrado o previsto reuniones privadas con profesionales audiovisuales; que hubo encuentros en Los Ángeles, Bruselas y París; que se prepara uno en Londres; y que un correo atribuido a la alianza decía que esas conversaciones inspiraron tres proyectos[5][
8].
Lo que esas fuentes no demuestran es que la OTAN haya reescrito guiones, financiado producciones a cambio de mensajes concretos o impuesto escenas específicas en obras terminadas. En otras palabras: la controversia no prueba por sí sola que ya existan “películas de propaganda” encargadas por la OTAN.
Lo que sí explica es por qué la acusación prende con facilidad: se combinan una alianza militar, contactos no públicos, profesionales capaces de moldear imaginarios colectivos y posibles proyectos creativos nacidos de esas conversaciones.
La clave: transparencia e independencia creativa
La pregunta decisiva no es solo si la OTAN puede hablar con creadores. En sociedades abiertas, instituciones públicas, organizaciones internacionales, periodistas, académicos y artistas dialogan constantemente. La cuestión es bajo qué condiciones ocurre ese diálogo.
Para reducir la sospecha de propaganda, habría que aclarar puntos como estos:
- qué objetivo tienen las reuniones y quiénes participan;
- qué materiales, asesorías o accesos ofrece la OTAN;
- si la alianza comenta guiones, personajes, tramas o representaciones militares;
- si cualquier colaboración se revela al público en créditos o notas de producción;
- si las obras conservan espacio para miradas críticas o alternativas sobre seguridad internacional.
En el fondo, la crítica no es simplemente que una alianza militar se acerque al mundo cultural. Es que lo haga de una forma que el espectador no pueda ver. Cuando una historia parece nacer solo de la imaginación de sus creadores, pero pudo haber sido influida entre bastidores por una institución con intereses políticos y de seguridad, la línea entre diplomacia pública y propaganda se vuelve mucho más difícil de trazar.




