Ese efecto dominó ya se está reflejando en los mercados financieros: monedas asiáticas debilitadas, rendimientos de bonos más altos y bancos centrales reconsiderando sus planes de bajar tipos de interés.
Cada día pasan por el estrecho aproximadamente 20–21 millones de barriles de petróleo, alrededor de una quinta parte del suministro mundial. Además, cerca de una cuarta parte del comercio global de GNL también atraviesa este corredor marítimo.
Por eso, incluso interrupciones parciales pueden provocar una reacción inmediata en los mercados energéticos y financieros. La subida del petróleo encarece el transporte, la electricidad y la producción industrial, lo que se traduce en presiones inflacionarias a escala global.
Las economías asiáticas que dependen de la importación de petróleo han sido de las primeras en sentir el impacto.
Cuando el crudo sube de precio:
Todo ello suele debilitar sus monedas frente al dólar estadounidense.
Analistas del mercado destacan tres divisas especialmente vulnerables:
Estas monedas han sufrido caídas importantes a medida que los inversores se refugian en el dólar y en activos considerados más seguros o con mayor rentabilidad.
En algunos casos, la presión ha sido extrema: tanto la rupia india como la rupia indonesia han llegado a mínimos históricos durante los episodios más intensos de volatilidad provocados por el alza del petróleo.
Los shocks energéticos también afectan al mercado de deuda.
Cuando el petróleo se dispara, los inversores anticipan una inflación más persistente. Eso provoca varios efectos en cadena:
Los movimientos recientes reflejan esta dinámica: el repunte del petróleo y las tensiones en el Golfo han empujado al alza los rendimientos en Estados Unidos al mismo tiempo que debilitaban las monedas asiáticas.
Para los bancos centrales —especialmente en mercados emergentes— el shock de Ormuz crea un problema clásico de política económica.
Por un lado, un crecimiento más débil normalmente justificaría bajar los tipos de interés para estimular la economía. Pero por otro, el aumento de los precios de la energía eleva la inflación, lo que obliga a ser más cauteloso.
Los economistas advierten que el aumento de las materias primas podría llevar a:
En Asia el dilema es particularmente fuerte porque la energía importada pesa mucho en la inflación doméstica. Algunos bancos centrales ya están reevaluando si deben mantener políticas monetarias restrictivas para estabilizar sus monedas y contener las presiones inflacionarias.
Incluso si la interrupción del estrecho dura poco tiempo, el impacto puede ser significativo.
Un análisis económico estima que una disrupción de menos de dos meses podría elevar la inflación promedio en mercados emergentes entre 0,8 y 1 punto porcentual, principalmente por el aumento de los precios de energía y transporte.
Si el bloqueo se prolonga, el riesgo aumenta para economías con vulnerabilidades estructurales, como déficits fiscales elevados, desequilibrios externos o fuerte dependencia de energía importada.
Las consecuencias del shock energético ya aparecen en las previsiones económicas internacionales.
Las Naciones Unidas redujeron su previsión de crecimiento del PIB mundial para 2026 al 2,5%, frente al 2,7% estimado a comienzos de año. En un escenario más adverso, el crecimiento podría caer hasta aproximadamente 2,1%, uno de los ritmos más débiles del siglo fuera de grandes crisis globales.
Al mismo tiempo, las expectativas de inflación han aumentado. Economistas de la ONU estiman que la inflación mundial podría situarse en torno al 3,9% en 2026, aproximadamente 0,8 puntos porcentuales más de lo previsto anteriormente.
El encarecimiento de la energía es uno de los factores principales, ya que afecta directamente a transporte, electricidad y producción industrial en todo el mundo.
En conjunto, lo que está ocurriendo recuerda a lo que los economistas llaman un shock de estanflación: crecimiento más lento combinado con inflación más alta.
Las subidas bruscas del precio del petróleo históricamente generan este patrón porque aumentan los costes para empresas y consumidores mientras presionan al alza los precios.
El resultado es un endurecimiento de las condiciones financieras globales:
Si la interrupción en el estrecho de Ormuz se prolonga, los economistas advierten que el shock energético podría intensificarse, aumentando el riesgo de recesión en varios mercados emergentes y prolongando la volatilidad en los mercados financieros.
En otras palabras, lo que comenzó como una crisis geopolítica en un corredor marítimo estratégico ahora está influyendo directamente en el rumbo de las monedas, los tipos de interés y el crecimiento económico mundial.