El problema no es solo que el petróleo tarde más en llegar a los compradores. En muchos casos, ni siquiera puede salir de los países productores.
Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), el tráfico limitado por el estrecho ha provocado que países del Golfo —entre ellos Arabia Saudí, Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Bahréin— hayan tenido que detener alrededor de 7,5 millones de barriles diarios de producción porque el almacenamiento para exportación se llenó rápidamente.
Esto crea una situación poco habitual en el mercado petrolero:
Además, muchos de esos mismos países son quienes normalmente poseen la capacidad de producción de reserva que el mercado utiliza para compensar interrupciones. Cuando ellos mismos están afectados, el sistema pierde su principal “colchón” de seguridad.
Las agencias energéticas ya anticipan que la crisis tendrá efectos durante todo el año.
La Agencia Internacional de la Energía (IEA) proyecta que la oferta global de petróleo podría reducirse en unos 3,9 millones de barriles diarios en 2026, mientras que alrededor de 10,5 millones de barriles diarios de producción del Golfo permanecen fuera del mercado por el conflicto y las restricciones logísticas.
Incluso con una leve caída de la demanda provocada por los altos precios, el consumo mundial seguiría superando a la oferta, dejando al mercado estructuralmente deficitario durante buena parte del año.
Ese desequilibrio explica por qué los precios no han retrocedido de forma significativa tras el anuncio del alto el fuego.
En condiciones normales, el mercado petrolero mundial depende de dos mecanismos para absorber shocks:
La crisis de Ormuz afecta precisamente a los países que concentran gran parte de esa capacidad adicional. Cuando sus exportaciones se bloquean o se ralentizan:
Por eso varios analistas advierten que el riesgo para los precios del petróleo sigue sesgado al alza si las restricciones al transporte persisten o se intensifican.
El encarecimiento del petróleo se transmite rápidamente al resto de la economía.
El aumento de los costos energéticos afecta directamente a:
Esto empuja al alza la inflación y reduce el poder adquisitivo de los hogares.
En Estados Unidos, por ejemplo, la inflación alcanzó alrededor del 3,8 % interanual, en parte impulsada por los precios de la energía, lo que elevó los rendimientos de los bonos y redujo las expectativas de recortes de tasas a corto plazo.
Para los bancos centrales, el escenario es especialmente complejo: deben enfrentar simultáneamente menor crecimiento económico y presiones inflacionarias más altas.
Esa combinación se conoce como estanflación, un contexto en el que la inflación se mantiene elevada incluso cuando la economía pierde impulso.
El elemento decisivo para el mercado petrolero es la duración de las restricciones en el Estrecho de Ormuz.
Si el tráfico marítimo vuelve a la normalidad con rapidez, la producción detenida podría reanudarse y los precios tenderían a bajar. Sin embargo, los analistas advierten que restaurar plenamente las cadenas de suministro de petróleo tras un conflicto puede llevar meses, no días.
Si las limitaciones continúan, el mundo podría enfrentarse a:
Dado que alrededor de una quinta parte del petróleo transportado por mar pasa normalmente por Ormuz, incluso una interrupción parcial puede redefinir el mercado energético mundial y sus efectos económicos durante meses o incluso años.
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