A contracorriente de la lógica, los fondos siguieron firmando cheques. Una respuesta que revela menos optimismo y más las limitaciones estructurales de estos colosos financieros.
El podio de la actividad inversora tiene acento conocido. Los tres pesos pesados de Emiratos Árabes Unidos (ADIA, Mubadala y L’IMAD) encabezaron las operaciones, seguidos de cerca por el PIF saudí y la QIA catarí .
Una instantánea del primer trimestre de 2026, un periodo en el que el conflicto activo marcó casi un tercio de los días, muestra que solo el PIF, Mubadala y la QIA desplegaron cerca de 25.000 millones de dólares en capital fresco, una velocidad que en condiciones normales habría apuntado a un año de récord . En 2025, estos fondos invirtieron globalmente alrededor de 119.000 millones de dólares, y los primeros datos de 2026 no evidenciaban una desviación material de esa trayectoria
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Pero no todos actuaron igual. Arabia Saudí, a través de su PIF, ejecutó un giro estratégico significativo. Redirigió aproximadamente 45.000 millones de dólares desde posiciones en tecnología especulativa hacia tres áreas consideradas defensivas: infraestructura de defensa y seguridad (unos 18.000 millones), seguridad alimentaria y desalinización de agua (12.000 millones) y bonos del Tesoro estadounidense . Por su parte, la ADIA —con un patrimonio estimado en 990.000 millones de dólares— incrementó su asignación a deuda pública estadounidense en 8 puntos porcentuales, lo que equivale a unos 80.000 millones en nuevas compras, a la vez que aceleraba su entrada en el crédito privado de Europa y Asia
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La dirección mayoritaria del dinero no cambió: siguió fluyendo hacia los mercados desarrollados, en una tendencia consistente con el patrón de años anteriores . Estados Unidos fue, de lejos, el mayor beneficiario. Absorbió la mayor parte de los 119.000 millones desplegados en 2025 y la guerra, lejos de desviar ese flujo, reforzó la huida hacia activos considerados seguros, como los bonos del Tesoro y el capital privado
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La inversión doméstica recibió una atención renovada, pero más como red de seguridad que como alternativa principal. La reasignación del PIF hacia la defensa y la seguridad alimentaria es el ejemplo más claro de un capital que mira hacia casa para reforzar la resiliencia nacional . Mubadala también destinó casi 350 millones de dólares a proyectos de energía limpia, un sector que ya atraía capital del Golfo antes de la guerra
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Para calibrar por qué los titulares de inversión resultan sorprendentes, hay que enfrentar la escala de la disrupción. El 4 de marzo de 2026, la Guardia Revolucionaria iraní declaró el Estrecho una zona de exclusión marítima, amenazando con "hacer arder" a cualquier barco que intentara el paso. El tráfico comercial colapsó más del 80% . QatarEnergy declaró fuerza mayor en todas sus exportaciones de gas natural licuado. La Agencia Internacional de la Energía y Rystad Energy estimaron que los daños en más de 80 instalaciones energéticas en los estados del Golfo ascenderían a 58.000 millones de dólares en reparaciones, mientras que el FMI proyectó una pérdida de producción acumulada del 7% en cinco años en toda la región, con efectos negativos que se prolongarían más de una década
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El bloqueo naval dividió las fortunas económicas regionales. Arabia Saudí, capaz de redirigir sus exportaciones a través de sus puertos occidentales, vio aumentar sus ingresos petroleros un 4,3% en marzo, y los de Omán se dispararon un 26%. Pero los ingresos nocionales de Irak y Kuwait se desplomaron en torno a tres cuartas partes interanuales. Los de Emiratos Árabes Unidos cayeron un 2,6%, ya que la subida de precios solo compensó parcialmente la pérdida de volumen exportador . En total, la ONU estimó que las pérdidas relacionadas con la guerra podrían acercarse a los 200.000 millones de dólares
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Aquí la tensión se vuelve aguda. El Instituto de los Estados Árabes del Golfo lo resumió de forma precisa: la riqueza soberana, en este momento, se ha convertido en una fuente de vulnerabilidad tanto como de protección .
Durante dos décadas, estos estados han transformado sus fondos, pasando de activos líquidos y fácilmente vendibles a inversiones ilíquidas en capital privado, infraestructuras, inmobiliario y participaciones directas en empresas. Estas inversiones son parte integral de sus ambiciosos planes de transformación nacional como la Visión Saudí 2030 y la diversificación económica emiratí . Abandonar estas posiciones de forma precipitada no solo es difícil; pondría en jaque sus propios proyectos de desarrollo.
Sin embargo, la presión para hacerlo crece por momentos. En marzo de 2026, un alto funcionario del Golfo declaró a Reuters que tres de las cuatro mayores economías del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) habían iniciado una revisión de sus estrategias de inversión, contemplando posibles marchas atrás en promesas de inversión, desinversiones y una reevaluación de los contratos de patrocinio global . La revisión la impulsa la necesidad de absorber un shock financiero que, si el Estrecho seguía cerrado, se agravaría cada día. Daniel Brett, jefe de investigación de Global SWF, advirtió entonces que una interrupción prolongada forzaría a los fondos a redirigir el capital hacia las prioridades presupuestarias de los gobiernos, frenando el flujo de inversiones internacionales del que Wall Street y Silicon Valley han llegado a depender
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Aun así, hasta mediados de 2026, los fondos no pestañearon. El informe de junio de Global SWF fue tajante: "Estos vehículos no han mostrado ninguna señal de desaceleración (todavía), con un ritmo medio más fuerte en el último trimestre que en el primero" .
El titular es de resiliencia. El subtexto es el de un sistema bajo una tensión extrema, donde la capacidad de desplegar capital en el exterior es tanto una señal de confianza como un grillete que limita la velocidad a la que estos estados pueden girar para protegerse a sí mismos desde dentro. La verdadera prueba no es si los fondos mantuvieron el gasto durante los primeros compases de la guerra. El verdadero test será lo que ocurra si el Estrecho de Ormuz continúa cerrado y los 15.100 millones de dólares perdidos en ingresos cada 13 días se convierten en una aritmética inflexible que obligue a tomar decisiones más duras.
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