La propuesta de Wilson es más matizada que deshacerse de los bonos. Recomienda reducir su duración, una medida que limita la sensibilidad de la cartera a las pérdidas cuando suben las rentabilidades, y considerar el oro y otros activos parecidos a las materias primas como diversificadores defensivos. También ha mencionado el bitcóin dentro de un grupo más amplio de activos que podrían ayudar a protegerse frente a la inflación.
En este enfoque, el oro no se considera principalmente una fuente de ingresos. Su función potencial es actuar como cobertura cuando la inflación, la incertidumbre monetaria o una mayor correlación entre acciones y bonos hacen que la diversificación tradicional sea menos fiable.
Wilson describió el mercado como parte de una amplia rotación hacia las materias primas. Según su interpretación, el movimiento comenzó con el oro y los productores de plata, para después extenderse a las tierras raras y otros metales, la energía y los semiconductores. El elemento común sería la búsqueda de exposiciones que puedan comportarse de forma distinta a las posiciones convencionales en acciones y renta fija.
Eso no significa que todas las materias primas o las compañías mineras vayan a moverse al unísono. Sí apunta a que los inversores están explorando alternativas al binomio habitual de acciones y bonos para gestionar el riesgo de sus carteras.
El objetivo de Morgan Stanley de 5.200 dólares por onza para el segundo semestre es una previsión, no una garantía. El análisis disponible indica que la meta depende en buena medida de una recuperación de las entradas de dinero en los fondos cotizados —ETF— respaldados por oro. La demanda de los bancos centrales puede seguir ofreciendo apoyo, pero los inversores de ETF son especialmente sensibles a las expectativas sobre la Reserva Federal, los rendimientos reales y el dólar.
Varios acontecimientos podrían dificultar ese escenario:
Las tensiones geopolíticas tienen un efecto más complejo de lo que sugiere la idea de un simple activo refugio. Pueden aumentar la demanda de oro, pero si también impulsan el precio del petróleo y hacen que la Fed retrase la relajación monetaria, la subida de las rentabilidades podría contrarrestar ese respaldo.
El escenario más favorable combinaría datos económicos más débiles, menores expectativas de subidas de tipos, una caída de los rendimientos reales, un dólar más débil y una recuperación de las compras de ETF.
La plata podría beneficiarse si la rotación hacia los metales preciosos y las materias primas se amplía, aunque previsiblemente presentaría una volatilidad mayor que la del oro. La evidencia disponible no demuestra que la plata vaya a alcanzar los 75, 100 dólares o más por onza; esas cifras deben considerarse escenarios especulativos, no resultados respaldados por los datos aportados.
La sesión analizada ilustra ambas caras de la operación: la plata ganó un 1,32%, más que el 0,44% del oro. Sin embargo, una sola jornada no basta para confirmar una tendencia duradera. Si los tipos y el dólar se mueven en contra de los metales preciosos, la plata también podría sufrir caídas más pronunciadas que el oro.
UBS describió el oro como un activo atractivo y una cobertura eficaz, y elevó sus objetivos para 2026 hasta 6.200 dólares por onza en marzo, junio y septiembre, frente a los 5.000 dólares anteriores. Después, proyectó una moderación hasta 5.900 dólares al cierre de 2026.
Estas cifras son más alcistas que el objetivo de 5.200 dólares planteado por Morgan Stanley para el segundo semestre, pero deben interpretarse como proyecciones de analistas, no como certezas. La diferencia entre ambas estimaciones refuerza la idea central: la tesis de largo plazo para el oro puede seguir siendo favorable, pero su recorrido dependerá de la política monetaria, los rendimientos reales, las divisas, los flujos de inversión y la forma en que los riesgos geopolíticos afecten a la inflación.
Para construir una cartera, el argumento de Wilson no equivale simplemente a decir «compre oro». Su punto es que la caída simultánea de acciones y bonos en 2022 demostró por qué los inversores pueden necesitar un conjunto más amplio de diversificadores, sin dejar de gestionar el riesgo de tipos dentro de su asignación a bonos.