Las consecuencias recaerían sobre una población que ya enfrenta necesidades extremas. El Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos, citando cifras de la ONU, señala que 22,3 millones de yemeníes necesitan asistencia y protección humanitaria, incluidos 18,3 millones que padecen inseguridad alimentaria aguda.
Por eso cualquier interrupción en los puertos del mar Rojo resulta especialmente grave. Un puerto dañado o inaccesible puede elevar las dificultades prácticas para transportar alimentos, combustible y suministros médicos, incluso cuando la ayuda esté disponible en otros lugares. Una escalada también podría limitar el acceso, destruir más infraestructura y desencadenar ataques de represalia en zonas pobladas. Analistas humanitarios han advertido de que una expansión de los combates agravaría la inseguridad y las restricciones de acceso en un país donde más de 22 millones de personas ya necesitan asistencia.
Las cifras de víctimas en Mokha no son completamente coincidentes: Reuters informó de siete muertos basándose en la versión del director del puerto, mientras que el Gobierno yemení reconocido internacionalmente dijo a Al Jazeera que habían muerto al menos cuatro personas. La discrepancia aconseja tratar con cautela los balances iniciales del campo de batalla, pero no cambia el riesgo general para los civiles y la infraestructura esencial.
Bab al Mandeb es un estrecho marítimo estratégico situado entre el mar Rojo y el golfo de Adén. Los ataques en esa zona pueden llevar a las navieras a detener sus trayectos, evitar la ruta o plantearse desvíos más largos alrededor del sur de África. La incertidumbre resultante puede afectar los tiempos de tránsito, el consumo de combustible, los seguros y los costes del transporte, aunque la magnitud y la duración del impacto en las cadenas de suministro dependerán de cuánto tiempo persista la amenaza.
El coste humano, sin embargo, es inmediato. El 11 de agosto, las autoridades yemeníes dijeron que las fuerzas hutíes lanzaron misiles contra un buque comercial y mataron a cuatro tripulantes y a dos miembros de fuerzas aliadas del Gobierno. Funcionarios de la ONU describieron el ataque como una amenaza para el comercio mundial y condenaron la muerte de marinos civiles.
Una zona de peligro prolongada también aumentaría la presión para desplegar más fuerzas navales y emprender nuevas acciones militares. Eso podría mejorar la protección de algunos buques, pero también incrementaría el número de actores armados que operan cerca del estrecho y el riesgo de una escalada por error de cálculo.
El peligro no se limita a un enfrentamiento entre los hutíes y el Gobierno yemení reconocido internacionalmente. En el pasado, los ataques marítimos hutíes provocaron represalias militares extranjeras, lo que profundizó la implicación de Yemen en conflictos regionales más amplios.
El patrón actual podría ampliarse de varias formas:
El alto comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos afirmó que al menos 17 civiles habían muerto en ataques hutíes en zonas bajo control del Gobierno desde el 6 de agosto, mientras que también se habían reportado víctimas adicionales en áreas controladas por la oposición. Estas cifras muestran por qué la disuasión marítima no puede separarse de la protección de la población civil.
Los Estados deberían mantener sistemas coordinados de vigilancia marítima y alerta temprana, capacidad de búsqueda y rescate y canales de comunicación claros con los buques. Cualquier misión de protección naval debería centrarse estrictamente en garantizar la navegación comercial y humanitaria, con reglas destinadas a reducir —no a multiplicar— el riesgo de una confrontación directa.
Las partes deberían establecer acuerdos supervisados que protejan a trabajadores portuarios, pescadores, personal humanitario, almacenes, instalaciones de combustible y embarcaciones civiles. Los puertos no deberían utilizarse como moneda de cambio en una confrontación regional más amplia. La verificación independiente y el apoyo rápido para las reparaciones facilitarían distinguir el acceso humanitario de las operaciones militares.
Los actores internacionales y regionales deberían exigir el fin de los ataques contra buques civiles y comerciales, al tiempo que mantienen canales creíbles para una desescalada recíproca. La ONU y los mediadores regionales pueden ayudar a crear procedimientos para notificar incidentes, líneas directas de comunicación y compromisos de no atacar infraestructura civil.
Las acciones militares, cuando los Gobiernos sostengan que son necesarias, deberían ser limitadas, proporcionales y evaluadas según sus posibles consecuencias para la población civil. Los ciclos anteriores de ataques marítimos y represalias extranjeras muestran por qué la fuerza por sí sola difícilmente ofrecerá una solución duradera.
Las potencias regionales deberían trabajar para impedir la transferencia de armas, apoyo para la selección de objetivos e inteligencia utilizados para atacar buques o zonas civiles. Al mismo tiempo, las sanciones amplias o los ataques que dañen puertos y servicios esenciales podrían empeorar las condiciones que dificultan la desescalada.
Un acuerdo sobre la navegación seguirá siendo frágil si no se aborda el conflicto de fondo en Yemen. Los esfuerzos diplomáticos deberían incluir el acceso comercial, los salarios del sector público, los detenidos, la gobernanza local y un alto el fuego duradero. El enviado de la ONU ya ha pedido conversaciones y ha advertido de que la escalada profundizaría el sufrimiento del pueblo yemení.
Los ataques contra Mokha y Bab al Mandeb son amenazas relacionadas: uno golpea un puerto y las comunidades yemeníes que lo rodean; el otro pone en peligro a tripulaciones internacionales y una ruta esencial para el comercio mundial. Por eso, la respuesta más eficaz no consiste simplemente en aumentar la fuerza militar. Hace falta una estrategia combinada de protección marítima defensiva, acceso humanitario garantizado, presión selectiva, contención por parte de las potencias externas y una nueva vía política para Yemen.
Sin esa combinación, el cierre de un puerto puede transformarse en una crisis humanitaria, el ataque a un buque puede convertirse en una confrontación regional y una cadena de represalias puede arrastrar a Yemen aún más hacia una guerra que se extienda mucho más allá de sus costas.