Los pronósticos asociados al posible desarrollo de El Niño sugieren que podrían aparecer condiciones más secas en Indonesia, Malasia, Filipinas y otras partes del sudeste asiático hacia finales de 2026, con riesgo de expansión a otras regiones agrícolas.
La falta de lluvia y el estrés térmico pueden reducir los rendimientos tanto de alimentos básicos como de productos agrícolas destinados a la exportación. Entre los cultivos más sensibles destacan:
Estos productos se concentran en regiones tropicales donde El Niño suele alterar el régimen de lluvias. Cuando los inventarios globales ya son limitados, incluso una reducción relativamente pequeña de la producción puede provocar subidas rápidas de precios.
Analistas del mercado han advertido que las llamadas “soft commodities” —como azúcar, cacao y café— son particularmente vulnerables a interrupciones de oferta relacionadas con El Niño, lo que refuerza las expectativas de mayores precios agrícolas en los próximos meses.
El riesgo climático coincide con otro problema para la agricultura mundial: el encarecimiento de los insumos.
Las tensiones en Oriente Medio y la interrupción del tráfico a través del Estrecho de Ormuz, una de las rutas comerciales más importantes del mundo, han limitado el transporte de combustible y fertilizantes, reduciendo la oferta y elevando los costos para el sector agrícola.
Según el Banco Mundial, los precios de los fertilizantes subieron con fuerza a comienzos de 2026. El precio de la urea aumentó alrededor de un 46% entre febrero y marzo, un incremento que puede influir en las decisiones de siembra y en los rendimientos de las próximas campañas agrícolas.
Cuando los fertilizantes y la energía se encarecen, el impacto se transmite a lo largo de toda la cadena alimentaria:
Si estas presiones coinciden con eventos climáticos adversos, los efectos pueden reforzarse mutuamente.
La inflación alimentaria rara vez aparece de un día para otro. Normalmente se desarrolla en varias etapas:
El Banco Mundial señala que, aunque los precios globales de alimentos básicos se mantuvieron relativamente estables a comienzos de 2026, varios indicadores adelantados ya apuntan a mayores presiones inflacionarias a medida que los costos energéticos y de fertilizantes se trasladan a las cadenas alimentarias.
El impacto final de la inflación alimentaria depende mucho de la estructura económica de cada región. Los países donde la comida representa una mayor proporción del gasto familiar suelen ser los más vulnerables.
América Latina y el Caribe ilustran bien esta situación. Informes recientes de organismos de la ONU muestran que la desnutrición en la región cayó al 5,1% de la población en 2024, tras varios años de mejora.
Sin embargo, el acceso económico a una dieta saludable sigue siendo un reto. El Programa Mundial de Alimentos estima que unos 183 millones de personas en la región no pueden permitirse una dieta saludable, lo que evidencia la fragilidad de esos avances.
Por eso, incluso incrementos moderados en los precios internacionales de alimentos pueden tener efectos sociales significativos para los hogares de menores ingresos.
Aunque el desarrollo de El Niño parece probable, su intensidad y su distribución geográfica todavía son inciertas. Los modelos climáticos muestran probabilidades repartidas entre distintas categorías de intensidad, sin que una domine claramente el pronóstico.
Esa incertidumbre es clave, porque el impacto en los precios dependerá de tres factores principales:
Si el evento resulta moderado y los mercados de fertilizantes se estabilizan, el impacto en los precios podría ser limitado. Pero si un El Niño fuerte coincide con escasez persistente de insumos agrícolas, el resultado podría ser una nueva ola de inflación alimentaria global que se extienda hasta 2027.
El probable El Niño de 2026–27 llega en un momento delicado para la agricultura mundial. Riesgos climáticos, tensiones energéticas y mercados de materias primas ajustados están convergiendo al mismo tiempo.
Por separado, cada uno de estos factores puede mover los precios agrícolas. Juntos, aumentan la probabilidad de que los consumidores de todo el mundo enfrenten nuevas subidas en productos cotidianos, desde café y chocolate hasta alimentos azucarados y aceites de cocina.
La magnitud del impacto dependerá principalmente de la intensidad final del fenómeno climático y de la capacidad de las cadenas globales de suministro para adaptarse al choque.
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