Un depósito de crudo del Golfo en Asia ofrece una protección distinta. En lugar de esperar a que un petrolero cargue en el Golfo después de una interrupción, Japón u otro comprador asiático podría recurrir a barriles ya almacenados cerca de sus refinerías. Para Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, el acuerdo también mantendría abierto el acceso a sus clientes asiáticos desde una base situada fuera de la zona de crisis inmediata.
Corea del Sur está aplicando una estrategia de diversificación parecida. Seúl afirmó que había asegurado 273 millones de barriles de crudo y 2,1 millones de toneladas de nafta hasta finales de año mediante rutas ajenas a Ormuz, mientras estudiaba oleoductos de desvío y almacenamiento fuera del estrecho.
La propuesta no parte de cero. Japón y Abu Dabi iniciaron en 2009 un proyecto de almacenamiento conjunto en Kagoshima. El acuerdo permitía a Japón disponer de crudo en caso de emergencia y, al mismo tiempo, ofrecía a la Compañía Nacional de Petróleo de Abu Dabi —ADNOC— una base de suministro para el mercado asiático.
Japón y Emiratos Árabes Unidos renovaron y ampliaron posteriormente el proyecto. La capacidad arrendada por ADNOC llegó a superar los 8 millones de barriles, según informes del sector.
Tokio también tiene experiencia almacenando crudo saudí en Okinawa. Un acuerdo con Saudi Aramco permitía a la empresa guardar allí hasta 6,3 millones de barriles, mientras que ADNOC contaba con un mecanismo similar en Kyushu.
Por eso, la iniciativa actual parece ampliar un modelo ya probado, en vez de crear uno completamente nuevo. En 2026, Japón y Emiratos Árabes Unidos acordaron estudiar un aumento de los suministros emiratíes y de las reservas conjuntas, aunque la información publicada no fijó todavía el volumen final, la financiación ni las condiciones operativas.
Si las existencias actuales de unos 8 millones de barriles por país se multiplicaran por diez, cada uno necesitaría espacio para aproximadamente 80 millones de barriles en Japón. Sería un proyecto logístico de gran escala, no simplemente una cuestión de llenar tanques vacíos.
Los participantes tendrían que resolver, entre otros, estos problemas:
La información disponible confirma que existen conversaciones y cooperación previa, pero no una ampliación diez veces mayor ya aprobada.
Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos también recurren a infraestructuras capaces de transportar parte de su crudo hacia salidas situadas fuera del estrecho. La industria de refinado japonesa ha reclamado suministros más diversificados y alternativas viables al crudo transportado por Ormuz, incluidos proyectos de oleoductos de desvío.
Los países del Golfo están ampliando asimismo algunas rutas alternativas, aunque construirlas cuesta miles de millones de dólares y requiere años.
Estas vías aportan redundancia, pero no hacen inmune a la región frente a una crisis marítima. El crudo saudí que salga por el mar Rojo todavía puede necesitar atravesar Bab el-Mandeb. En el caso de Emiratos, las exportaciones canalizadas hacia Fujairah siguen dependiendo de la capacidad del puerto y de la seguridad de la navegación más allá del golfo de Omán.
El mar Rojo ya ha mostrado el problema. Un bloqueo hutí que afectó al transporte saudí en Bab el-Mandeb creó una segunda amenaza para las entregas de petróleo a Asia mientras las refinerías aún sufrían las consecuencias de la interrupción en Ormuz. Evitar un cuello de botella puede, por tanto, exponer a los exportadores a otro.
La lección general es que los oleoductos, los tanques y las terminales alternativas funcionan mejor como capas de protección. Ninguno puede reemplazar por sí solo el tráfico sin restricciones por Ormuz a la escala que necesitan los exportadores del Golfo y las refinerías asiáticas.
La campaña de sanciones de Washington añade otro incentivo para que los compradores asiáticos aseguren crudo no iraní fuera de la zona de conflicto. El Departamento del Tesoro estadounidense sancionó a la refinería independiente china Hengli Petrochemical, además de unas 40 empresas navieras y embarcaciones vinculadas al comercio petrolero iraní.
El presidente Donald Trump y el secretario del Tesoro, Scott Bessent, también han anunciado nuevas medidas descritas como inéditas. Sin embargo, la información disponible no establece todavía su alcance definitivo, incluida una posible actuación contra más refinerías o bancos chinos.
Para Irán, unas restricciones más severas sobre las ventas de petróleo, el transporte y los pagos podrían reducir sus ingresos en divisas justo cuando la guerra eleva los costes de transporte y de los bienes de consumo. Esa combinación puede intensificar la inflación y las escaseces y aumentar la presión para controlar el consumo de combustible. Las pruebas disponibles no demuestran que ya se haya impuesto un racionamiento energético nacional, por lo que debe tratarse como un riesgo, no como un hecho confirmado.
Para Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Japón y Corea del Sur, el entorno de sanciones hace que la seguridad de las cadenas de suministro sea más valiosa. A la vez, las sanciones pueden complicar los acuerdos de almacenamiento al aumentar la vigilancia sobre la propiedad del cargamento, los canales de pago, las aseguradoras, los buques y el destino final del crudo.
Las reservas en el extranjero, la diversificación de proveedores, los oleoductos de desvío y las reservas estratégicas pueden reducir la duración y el impacto económico de una crisis en Ormuz. No pueden recuperar rápidamente todos los flujos que se perderían durante un cierre prolongado. Una estimación situó la reducción de los flujos mundiales de petróleo en unos 11 millones de barriles diarios, incluso después de las medidas adoptadas para compensar la interrupción.
Por eso las conversaciones con Japón y Corea del Sur son relevantes aunque finalmente no avancen a la escala planteada. Reflejan un cambio de perspectiva: Ormuz deja de verse únicamente como un riesgo temporal para el transporte y pasa a considerarse una vulnerabilidad estructural de las cadenas de suministro.
La respuesta viable a largo plazo es una cartera de medidas: más almacenamiento cerca de las refinerías asiáticas, mayor capacidad de oleoductos y terminales, compras de crudo más diversificadas, reglas claras para liberar reservas de emergencia y una menor demanda de petróleo.
El límite inmediato es que todo ello requiere tiempo, dinero y coordinación. Si Ormuz, el mar Rojo, los seguros marítimos, el cumplimiento de las sanciones y los inventarios de las refinerías asiáticas se tensionan al mismo tiempo, ningún depósito individual podrá actuar como un colchón completo.