La principal medida de protección para quienes rodean al usuario es un LED que se enciende cuando la cámara está activa. Después de que algunos usuarios encontraran formas de tapar o modificar la luz, Meta introdujo una actualización destinada a desactivar la cámara si detecta que el indicador ha sido manipulado físicamente o destruido.
La actualización encarece el intento de eludir la protección, pero no resuelve el problema de fondo: cómo avisar de forma clara a las personas que están siendo grabadas. Informaciones sobre adhesivos para bloquear el LED señalaron que algunas soluciones podían hacer que la luz resultara prácticamente invisible sin activar la alerta de manipulación.
Incluso cuando el hardware funciona correctamente, una persona cercana normalmente no puede confirmar que el pequeño indicador sea visible, que esté operativo o que la grabación esté realmente en curso. Existe, por tanto, una brecha entre cumplir técnicamente una norma y obtener un consentimiento significativo.
Una luz intermitente puede indicar que se está grabando, pero solo si la persona la ve, entiende lo que significa y puede reaccionar antes de que las imágenes se almacenen o se compartan.
Meta también ha actuado a través de sus plataformas. Adam Mosseri, responsable de Instagram, dijo que la red eliminaría contenidos que explotaran o acosaran a desconocidos, incluidos vídeos de «ligue» grabados con las gafas.
La medida ataca el incentivo de publicar imágenes humillantes y Meta ha eliminado cuentas y publicaciones relacionadas con esa tendencia. Sin embargo, la moderación interviene después de que la grabación ya se haya producido. No puede impedir de forma fiable la captura inicial y, según informaciones posteriores, vídeos presuntamente acosadores siguieron apareciendo después del anuncio de la política.
La diferencia es importante para el diseño del producto. Las normas de contenido pueden reducir el alcance de un vídeo y sancionar el mal uso, pero no permiten que las personas cercanas controlen si fueron grabadas en primer lugar.
Los espacios privados han comenzado a dar su propia respuesta. Monopoly Events prohibió las gafas de Meta y otros dispositivos de grabación portátiles en sus eventos Comic-Con del Reino Unido después de que asistentes y participantes expresaran su preocupación por las grabaciones secretas. DEF CON también prohibió las gafas de estilo Meta con capacidad de grabación, incluso en versiones graduadas.
Estas políticas son relevantes porque no exigen demostrar que una persona concreta está grabando. Consideran que la propia capacidad de grabación constituye un riesgo. Es una regla más sencilla de aplicar que pedir al personal que determine si unas gafas de aspecto normal están activas, han sido modificadas o se están utilizando de forma adecuada.
Otros establecimientos han optado por una postura menos tajante. La cadena de pubs Wetherspoons pidió a sus clientes que apagaran las cámaras y evitaran filmar, en lugar de imponer una prohibición general. El resultado es un mosaico de normas: algunos espacios vetan el dispositivo, mientras que otros se apoyan en sus políticas habituales contra las grabaciones y en la cooperación de los usuarios.
Alemania se ha convertido en uno de los primeros casos de prueba legal. El grupo de derechos digitales HateAid presentó una denuncia penal contra Meta, empresas vinculadas a las marcas de gafas y varios distribuidores. El grupo sostiene que las Ray-Ban Meta Wayfarer pueden facilitar grabaciones encubiertas porque son difíciles de distinguir de unas gafas convencionales.
La denuncia es una acusación, no una sentencia ni una conclusión de un organismo regulador. Meta ha afirmado que las gafas fueron aprobadas por el regulador alemán y que incorporan medidas de privacidad como el LED de grabación y la tecnología contra manipulaciones. Que la fiscalía haya recibido la denuncia no demuestra que el producto infrinja la legislación alemana.
El caso deja al descubierto, no obstante, el reto normativo. Muchas leyes diferencian entre equipos de grabación visibles y dispositivos camuflados como objetos cotidianos. Las gafas inteligentes desdibujan esa frontera al combinar una montura familiar con cámara, micrófonos y un asistente de inteligencia artificial conectado a la red.
La respuesta más contundente de la industria podría ser arquitectónica, no meramente procedimental: eliminar la cámara.
Even Realities ha presentado sus gafas centradas en la pantalla como una alternativa para recibir notificaciones, traducir y orientarse sin cámara. Su modelo G2 se describe como un producto diseñado para la productividad y no para grabar a las personas que están alrededor. Halliday también ha optado por eliminar la cámara en sus G2, orientadas a la asistencia en el trabajo y a funciones relacionadas con las reuniones.
XGIMI ha seguido una estrategia similar con las MemoMind One, que emplean una pantalla de guía de ondas y funciones de inteligencia artificial sin cámara. La compañía presenta esa ausencia como una ventaja de privacidad y diseño frente a sus competidoras con cámara.
Eliminar la cámara no acaba con todos los problemas de privacidad. Los micrófonos, el procesamiento en la nube, la transcripción de reuniones y los asistentes de voz también pueden afectar a personas que no han decidido participar. Pero retirar la cámara orientada hacia el exterior sí aborda la preocupación más visible: la posibilidad de captar imágenes y vídeos de quienes se encuentran en el campo de visión del usuario.
También cambia la promesa del producto. En lugar de vender las gafas principalmente como una cámara para crear contenido manos libres, los fabricantes pueden presentarlas como una pantalla privada, un traductor, una ayuda para la navegación o un asistente de trabajo. La privacidad pasa a formar parte de la identidad del producto, no a ser una advertencia escondida en sus condiciones de uso.
La polémica no ha eliminado la demanda. La campaña de las gafas AIVU de TOZO superó los 100.000 dólares en Kickstarter y reunió a más de 260 patrocinadores, según la información publicada sobre el proyecto. Junto con el crecimiento de los envíos de gafas sin pantalla, el dato sugiere que el rechazo está cambiando las funciones que consumidores y recintos están dispuestos a aceptar, no poniendo fin al interés por la informática ponible.
El mercado avanza así en dos direcciones:
La disyuntiva no es únicamente técnica. También es social. Un producto puede ser útil para quien lo lleva y, aun así, resultar inaceptable para quienes están a su alrededor.
Es probable que el mercado adopte varias capas de control en lugar de una única solución universal:
La pregunta central ya no es si las gafas inteligentes pueden incorporar cámaras. Es si la industria puede hacer que la grabación sea visible, que el consentimiento sea real y que el uso indebido tenga un coste suficiente para que la gente se sienta segura cerca de estos dispositivos.
Por ahora, los datos apuntan a un mercado dividido: las gafas con cámara conservan una posición comercial muy fuerte, pero las preocupaciones sobre privacidad ya están influyendo en la arquitectura de los productos, las reglas de las plataformas y los lugares donde pueden utilizarse.